Miércoles, 29-10-08
NO debe extrañar la detención de dos neonazis que planeaban asesinar a Obama. Todo el mundo sabía que había norteamericanos dispuestos a hacer lo que fuera para impedir que un negro llegase a la Casa Blanca. Pero no se decía en voz alta para no dar ideas a los descerebrados con armas que aquí abundan. Hasta que no ha quedado más remedio que detener a dos de ellos. ¿Cuántos quedan? Vaya usted a saber. Lo que convierte esta última semana de campaña en un final de película de Hitchcock. Era y es un riesgo asumido por todos, empezando por el propio Obama, a quien rodean en sus apariciones públicas media docena de guardaespaldas como una muralla. Se están tomando todas las medidas posibles para evitar el atentado, pero nadie puede garantizar la completa seguridad en un mitin, con cientos de manos extendidas hacia un candidato que tiene que estrechar, por lo menos, algunas de ellas.
Es el mayor obstáculo que le queda a Obama por salvar, junto a ese otro, emparentado con él, pero ni mucho menos tan criminal, del racismo oculto que impidió en 1982 a Tom Bradley, un popular alcalde de Los Ángeles, ser gobernador de California. Todas las encuestas, incluidas las hechas a pie de urna, le daban como ganador. Sin embargo, perdió. Lo que significaba que bastantes de los que habían dicho a los encuestadores que le habían votado para no aparecer como racistas no lo habían hecho. ¿Pasará lo mismo el 4 de noviembre? Es la gran incógnita de estas elecciones, la causa de que ningún experto se atreva a mojarse, la razón de que todos los analistas digan que las elecciones no estarán decididas hasta que se cuente el último voto. Que hay quien dice que va a votar a Obama, pero no lo hará, no cabe la menor duda. Pero ¿cuántos son? ¿Muchos, pocos? Nadie lo sabe, pero de ello depende el resultado. Si son pocos, quedarán compensados por el masivo voto negro. Si son muchos, podemos estar ante otro de los grandes ridículos de las encuestas.
Aunque sería también injusto decir que sólo el racismo, criminal y secreto, se cruza en el camino de Obama. Hay también razones fundadas, dudas sobre su capacidad para asumir la presidencia de los Estados Unidos. Estamos ante un hombre que no ha sido alcalde, ni gobernador, que ni siquiera ha ocupado un puesto ejecutivo. En sus cuatro años como senador tampoco ha hecho nada relevante. ¿No es demasiado arriesgado entregarle el mando de la primera potencia mundial, sobre todo en los dificilísimos tiempos que corren?
Son esos tiempos dificilísimos, sin embargo, los que han llevado a Obama adonde está. Los norteamericanos se dan cuenta de que se encuentran en otra encrucijada de su historia, de que las viejas experiencias no sirven para los nuevos problemas, de que necesitan un cambio de rumbo profundo, radical, al estilo del que dieron Lincoln o Roosevelt en momentos tan críticos o más que éstos, saliendo el país fortalecido del giro. Y Obama es el candidato mejor preparado para ello, al no estar contaminado por la vieja política, ni tener deudas con nadie. Su campaña electoral, por otra parte, es su mejor currículo. Durante dos años, ha ido eliminando uno tras otro a rivales mucho más conocidos y mejor situados que él, al tiempo que construía un gran movimiento en torno suyo, primero con los negros, por razones obvias, luego con los blancos de más alto nivel, para hacerse luego con la clase media urbana, profesional. Hecho todo con calma, con tranquilidad, con enorme disciplina, sin insultar a nadie ni perder en ningún momento las formas. Es como se ha ganado la confianza de sus compatriotas sin prejuicios, ya que la primera condición que se exige a un presidente es que no pierda los nervios ante la adversidad. Y esto lo ha demostrado Barack Obama no ya durante la larga campaña electoral, sino a lo largo de su azarosa vida. Esto y que no viene a reivindicar nada ni a ajustar cuentas con nadie. Viene a devolver la esperanza a los norteamericanos. Es lo que le ha convertido en favorito. Pero, repito, si ganará no lo sabremos hasta el próximo miércoles.

