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Miércoles, 29-10-08
En un alarde de síntesis con dígitos, sería posible resumir todo el fascinante proceso político de Estados Unidos en un par de cifras: 270 y 60. El primer número es la mayoría ganadora en el llamado Colegio Electoral, ese peculiar sistema indirecto de ponderación por Estados que los estadounidenses utilizan para elegir a los ocupantes de la Casa Blanca. El segundo es el margen entre el centenar de miembros del Senado requerido para impedir maniobras de bloqueo por parte de la minoría. Y a seis días de las elecciones del 4-N, el Partido Demócrata empieza a hacerse ilusiones de alcanzar ambos números.
Aunque el pulso Obama-McCain monopoliza casi toda la atención nacional e internacional, los votantes estadounidenses van a tener también el próximo martes oportunidad de renovar un tercio del Senado y toda la Cámara de Representantes. Con múltiples indicios de que los demócratas, aupados por la impopularidad de Bush y la mala economía, tienen posibilidad de ampliar significativamente sus actuales mayorías ajustadas en ambas Cámaras del Legislativo federal.
«Rodillo»
Ante esta perspectiva de «súper-mayoría» con hechuras de «rodillo», los republicanos han empezado a utilizar como argumento electoral el riesgo de concentrar todo el poder de Washington en manos de un solo partido. Argumentos que conectan con la tradición de gobierno dividido (o cohabitaciones) en la historia de Estados Unidos, además de un sistema constitucional deliberadamente basado en poderes limitados, controles y equilibrios.
La actual composición del Senado es de 49 demócratas, 49 republicanos y dos independientes que tienden a votar con los demócratas. De los 35 escaños en juego, 23 están ocupados por republicanos lo que multiplica las posibilidades de cambio. Sin que falten circunstancias desalentadoras como el veredicto de culpabilidad por cargos de corrupción emitido esta semana contra el senador Ted Stevens de Alaska, patriarca conservador en la Cámara Alta cuyo procesamiento no le ha impedido aspirar a la reelección el próximo martes.
Dentro de este clima donde realmente cuesta hablar de escaños totalmente seguros, ni tan si quiera el propio senador Mitch McConnell de Kentucky, líder de los republicanos en la Cámara Alta, tiene garantizada su reelección. Aunque el mejor ejemplo de estas complicaciones sería el caso del senador republicano Norm Coleman, de Minnesota, que ahora se encuentra en las encuestas por detrás de Al Franken, el humorista metido a político.
Por lo que respecta a la Cámara de Representantes, los demócratas disponen ahora de 235 escaños frente a los 199 controlados por los republicanos. Pero para la Legislatura 111, los correligionarios de Obama pueden ganar una ventaja adicional de hasta 30 escaños. El equilibrio de fuerzas resultante podría ser muy parecido al planteado en 1992, cuando Bill Clinton ganó la Casa Blanca y el Partido Demócrata sumó 57 escaños en el Senado y 258 en la Cámara Baja.
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