Domingo, 19-10-08
ALFONSO VI, rey de León y de Castilla, fue un monarca modernizador. En sus días, el Camino de Santiago sirvió de puerta y conducto a una corriente europea nueva y refrescante para el recalcitrante solar castellano. Fue don Alfonso, cumpliéndose ya el siglo XI, quien otorgó diferentes privilegios a los colmeneros y ballesteros de los Montes de Toledo y de ahí la Hermandad de San Martín de Montilla, la primera policía organizada y jerarquizada de nuestra Historia. Dos siglos después, de los restos de aquella Hermandad, sumados a las creadas en Ciudad Real y Talavera, en virtud de una bula expedida en 1294 por el papa Celestino V, surgió la Santa Hermandad que más tarde revitalizaron y utilizaron los Reyes Católicos como herramienta para el mantenimiento del orden en sus reinos respectivos. De ahí brotaron los primeros ejércitos permanentes españoles.
La necesidad, llevada a extremos increíbles, fue la nota dominante y común en esos cuatro primeros siglos de nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad. Según las crónicas, escasas en el detalle de lo cotidiano, los miembros de la Hermandad de San Martín llegaron a patrullar descalzos por falta de recursos y el hambre, suplida por la astucia del vivaqueo, fue para ellos más obsesión que la persecución de los muchos garfiñantes y malandrines que atiborraban los caminos peninsulares. Las más de las veces carecían de uniformidad y cada uno de sus integrantes debía proveerse de sus propias armas. Así, de mal en peor, se llegó a 1835, en que fueron dispersadas las Hermandades y, mientras, a salto de mata, surgían Guardias de Aragón, Miqueletes de Valencia, Guardabosques Reales, Miñones de Álava y una larga serie de «cuerpos» con más voluntad que medios y, como sus predecesores, unidos por la constante de la mala retribución y la escasez de medios con que cumplir sus objetivos.
En nuestros días, además y por encima de las distintas policías autonómicas, mejor retribuidas que las nacionales, son dos los grandes cuerpos de la Seguridad del Estado: la muy veterana Guardia Civil y la más nueva Policía Nacional, que es recuelo y refundación de otras similares y anteriores. Ayer se manifestaron en Madrid para recordarle al desmemoriado ministro del ramo, Alfredo Pérez Rubalcaba, que sus salarios, tal que los de los bisabuelos de sus tatarabuelos, siguen siendo escasos y sus medios ridículos. Como marca el tópico de las películas de cowboys, el guión del Estado tiene previsto también aquí que el caballo de los forajidos sea más veloz que el del sheriff encargado de perseguirles. El hecho de que una larga tradición -¡diez siglos!- nos haya acostumbrado a la mala retribución y al escaso reconocimiento social de los servidores de la Seguridad del Estado no es motivo para perpetuar algo que, en sí mismo, es indeseable y atenta contra nuestros intereses colectivos.

