Domingo, 19-10-08
PÁRRAFO de antología en el editorial, si no más leído, sí más difundido de la prensa española, el pasado viernes: «Realizar, 70 años después, un juicio virtual a Franco es imprescindible, para el futuro de un país que no ha sido capaz de enfrentarse a las miserias de su pasado, lo que sí han hecho otros que también han sufrido experiencias traumáticas. El linchamiento público de que ya está siendo objeto Garzón da idea del déficit democrático que sufre España, derivado en gran medida de no haber afrontado sus fantasmas cuando le hubiera correspondido».
Todo mentira, por supuesto. Paparruchas. Ni es imprescindible el tal juicio, ni este país ha sido incapaz de enfrentarse con su pasado, ni sufre un déficit democrático ni se lincha a nadie. Franco está más que juzgado por todo el mundo; este país se pasa la vida ajustando cuentas con su pasado y a Garzón le rinde pleitesía media España, ¿o no? Pero a Electra le sienta bien el luto. En el fondo, lo que esta izquierda postcapitalista quiere es desenterrar a su molesto papá. Abrir la fosa de Franco y quemar sus huesos, como se hacía en los buenos tiempos de la Santa. Así se disolvería simbólicamente el último vástago material de la historia y tendríamos la memoria colectiva que les diese la gana. Lo simbólico es importante, como el anónimo redactor del editorial citado arguye, reconociendo que la causa abierta por Garzón tendrá «consecuencias previsiblemente más simbólicas que jurídicas», pero añadiendo que lo fundamental es que dicho juez «habría sentado en el banquillo a Franco y a sus lugartenientes si hubieran estado vivos». En el escenario virtual todos somos muy machos, empezando por Garzón. Pero, a ver quién era el guapo que le sentaba a Franco en el banquillo si hubiera estado vivo. A mí, me sentaron en el banquillo, estando Franco y la mitad de sus lugartenientes vivos, por mucho menos que intentar sentar a Franco en el banquillo, o sea, que a Garzón (¿dónde estaba entonces?), si hubiera intentado sentar a Franco y a sus lugartenientes en el banquillo, estando éstos vivos, no te digo donde lo habrían sentado, editorialista. Muy prudente Garzón, preguntando a quien corresponda si consta que alguno de la pandilla respira todavía. Por si acaso.
Mejor que desenterrar a Franco, quemarlo en efigie. Es más limpio, y también lo hacía la Santa. Se le ponen patitas articuladas y Garzón mismo puede sentarlo en el banquillo. Mejor aún: que José Luis Moreno le dé unas clases al juez, y nos vamos a divertir mucho cuando veamos el juicio retransmitido por la Uno, la Dos, la Tres, la Cuatro o la Sexta. Podría hacer sesiones dobles, con Franco y su banquillo sentado en una mano y Queipo de Llano en la otra. Patitas articuladas los dos, y las manos metidas en los pantalones, como el cuervo de Moreno. Quedaría muy bien, y a lo mejor esta izquierda dada a la santería y al pensamiento mágico se conformaba con el exorcismo y dejaba de dar la murga. Hemos visto cosas más peregrinas en este último lustro, maese Falstaff.
Algunos editorialistas confunden el país con su periódico, dictaminan lo que le conviene para el futuro, le diagnostican déficit de democracia o de vitamina C, y le chorrean por no afrontar a los fantasmas (de los editorialistas). Y a mí me parece que si a nadie, ni a Garzón ni al que asó la manteca, se le había ocurrido hasta hoy sentar a Franco en el banquillo, no ha sido porque Franco estuviera vivo, sino porque los bancos y banquillos, cajas y cajillas parecían gozar de buena salud. Ahora que nos aflige la ruina del sistema, que empiece el espectáculo. Alguna cosa de alto valor simbólico. Siente usted en el banquillo a Muñoz Grandes y fusile a todos los camisas viejas con la Play Station. La verdad, prefiero irme al campo, con mi amigo Prada, a glosar el Eclesiastés mientras nos dedicamos a tejer felpudos, como San Pablo. Vaya sacando dos billetes para Cercedilla, don Juan Manuel.