
Tom Bradley, que fue alcalde de Los Angeles, en 1989
Domingo, 19-10-08
En virtud de un sesgado cromatismo lingüístico, una mentira blanca («white lie») es el equivalente en inglés a nuestras mentiras piadosas. Es decir, algo falso que se dice con mucha más intención de evitar una ofensa que de engañar. Cuando ese comportamiento tan humano se multiplica por más de cien millones de posibles votantes en las elecciones que Estados Unidos celebrará el próximo 4 de noviembre, el resultado es una inquietante y masiva incógnita sobre el pulso político por la Casa Blanca donde compite el primer negro en toda la historia de la pionera democracia americana.
Al publicarse esta semana una serie de encuestas que otorgan a Barack Obama hasta más de 10 puntos sobre su rival John McCain. la recta final de esta larga campaña no ha podido dar esquinazo a la gran cuestión racial que subyace en estas elecciones presidenciales. Hasta el punto de provocar un delicado ejercicio de introspección y especulaciones sobre la vigencia en Estados Unidos del llamado «efecto Bradley», en referencia al candidato Tom Bradley que en 1982 perdió por muy poco en su empeño de convertirse en gobernador de California. A pesar de que los sondeos de la época le otorgaron hasta el final una significativa ventaja de hasta nueve puntos sobre el republicano George Deukmejian.
Aunque Tom Bradley lleva muerto diez años, su paradoja sirve para ilustrar las grandes discrepancias que el sistema electoral de Estados Unidos ha venido presentando entre encuestas de intención de voto y resultados finales cuando compiten un candidato negro y otro blanco por un mismo puesto relevante. La explicación asociada con el «efecto Bradley» implica que los votantes ofrecen determinadas respuestas en los sondeos con el deseo de no ser acusados de racismo y quedar bien. Remilgos que en la intimidad de las cabinas de votación tienden a desaparecer.
Antecedentes
Según ha explicado Michael Dawson, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago, «no es la primera vez que hemos visto este tipo de ventajas abrumadoras desaparecer a la hora de contar papeletas». Incluso aunque el candidato negro termine ganando por poco. Tal y como ocurrió con Douglas Wilder, que se hizo con el puesto de gobernador de Virginia en 1989 por menos de un punto, aunque algunas encuestas le daban una ventaja de hasta once puntos. Ese mismo año, David Dinkins también ganó la alcaldía de Nueva York con un margen de victoria de dos puntos, aunque algunos sondeos le llegaron a dar una ventaja de catorce puntos. Con el caso similar de Harold Washington, ganador por poco de las municipales de Chicago en 1983.
Ante todas estas consideraciones, bastante difíciles de discutir abiertamente sobre todo por un empacho de corrección política, Barack Obama ha respondido desde el comienzo de su pulso con Hillary Clinton en que si al final pierde no será por su raza. Su esposa Michelle añadió esta semana que Estados Unidos ha evolucionado para mejor desde 1982 en el frente de sus prejuicios raciales. Según indicó a la cadena de televisión CNN la aspirante a primera dama, «si el efecto Bradley existiese, Barack no sería el nominado presidencial del Partido Demócrata».
Avances en una generación
En este sentido, durante los últimos diez años se estima que doscientos candidatos negros han sido capaces de ganar puestos anteriormente ocupados por políticos blancos, tanto en gobiernos y legislaturas estatales como en ayuntamientos. Y además en Estados de la Unión tan diversos como New Hampshire, Iowa, Kentucky, Massachusets, Minnesota, Missouri, Carolina del Norte o Tennessee. Aunque también es cierto que la mayoría de cargos electos afro-americanos representan a distritos electorales con mayoría de negros. Grupo racial que representa un 13 por ciento del total de la población de Estados Unidos.
Especialistas en demoscopia también argumentan que desde los años setenta, las encuestas indican una reducción gradual pero sustancial en el número de votantes que rechazan la posibilidad de un negro en la Casa Blanca. Algunos sondeos más recientes indican que la raza de Obama incluso podría ser un factor menos decisivo que la edad de John McCain, que con 72 años se convertiría de ganar en noviembre en el presidente más anciano en la historia de Estados Unidos.
A juicio de Neil Newshouse, especialista en encuestas del Partido Republicano, «el efecto Bradley puede haber sido relevante en este país hace veinte años; no creo que sea un factor decisivo ahora porque los sondeos son cada vez mejores, pero, sobre todo, porque Estados Unidos ha cambiado». Aunque para el profesor Dawson, de la Universidad de Chicago, puede que el «efecto Bradley» haya disminuido, aunque eso no implica su completa desaparición.


