Viernes, 17-10-08
Hay una predisposición a la risa que convierte algunas funciones de teatro en un malentendido. Ocurrió en el estreno de la última obra de Yasmina Reza. Desde que se izó el telón, cualquier cosa que dijeran o hicieran Maribel Verdú, Aitana Sánchez-Gijón, Pere Ponce o Antonio Molero era motivo más que sobrado para que quienes habían salido de casa con la intención de pasárselo bien («hacer unas risas») hicieran partícipes a los demás de su ánimo y enseguida hallaran eco contagioso en almas gemelas. Frases vacuas eran chistes. Gestos inocuos, sutiles ironías. Para que el actor no se deje engatusar por esa droga necesita un entrenamiento a prueba de vanidades. No siempre lo consigue. Hay espectadores que esgrimen con la entrada la soflama «el cliente siempre tiene razón». Es otra de las formas de vaciado ético de la democracia. Una corrupción. La risa idiota como reflejo de un declive hacia un abismo perfectamente banal.


