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Martes, 14-10-08
Aunque para el gran público siga figurando en el capítulo de bichos raros y terribles, sección de venenos, Diamanda Galás ha ido madurando en su prodigiosa garganta una mezcla avinagrada de blues de regusto clásico que, bajo las más variadas etiquetas, destila y envasa cada dos o tres años y lanza al mercado del disco. El espectáculo que anoche sirvió para inaugurar la nueva edición del Festival de Otoño -apuesta de riesgo y clase en un certamen que tras el fichaje de David Sylvian, el año pasado, ha vuelto a acertar con una exclusiva sustanciosa- recupera el título de uno de sus últimos álbumes, «La Serpenta Canta» (2003), para ofrecer un repertorio de canciones en la que cabe cualquier cosa susceptible de ser entrañada, macerada ahí abajo con encimas de sufrimiento y luego expulsada e interpretada con una cuerdas vocales transformadas en vísceras por la artista norteamericana. Con Diamanda Galás de por medio, no resulta difícil aceptar serpiente como animal de compañía.
Al natural
En su primera actuación programada por el Festival de Otoño -la segunda, mañana, estará dedicada a la poesía del exilio-, la autora de «Vena Cava» reprodujo el sonido de sus últimos álbumes, grabados en directo y muy similares en hechuras a lo que se pudo escuchar en el Albéniz: voz, piano y muy contados efectos especiales, oportunas dosis de electrónica con las que simular una reverberación con la que la artista logra multiplicar de forma exponencial la angustia de las fases más tensas del concierto. No le hacen falta más instrumentos a Galás, capaz de realizar magistrales ejercicios de drone vocal, enésima perversión a la que somete un repertorio cada vez más abierto a la geografía universal del dolor y el quejido.
No ha llegado la intérprete californiana al flamenco, pero se atreve ya con algo parecido a una de mexicanos («Si la muerte») para la víspera de Todos los Santos, y elige una chansón -género que recrea con solvencia arrabalera y una intensidad inédita, dada la fragilidad de los originales- para abrir su recital.
Entre fantasmas
De Juliette Gréco a Chet Baker, pasando por O. W. Wright, a cuyo «8 Men And 4 Woman» añadió samples y distorsión, Galás se deja poseer, médium de cuero negro, por los fantasmas, irreconocibles, temibles, de algunos de los intérpretes que más carne han puesto en el asador de las penitencias amorosas. El pop de consumo es marginado de una función en la que sólo cotiza el sentimiento. Hay cantos tradicionales y ningún autor reconocible al que agradecerle unos poemas que renacen en la voz de quien es una de las más grandes cantantes de las últimas décadas. Anoche lo confirmó.
Diamanda Galás camina hacia la eternidad a través de una decidida y salvaje apuesta por el clasicismo. Aunque parezca dirigirse al purgatorio del amor, la culpa y el desquite donde suenan sus canciones, va directa al cielo.
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