Domingo, 12-10-08
«Escuchad. Dejad que sea vuestro dios. Dejad que os guíe en un viaje hacia los confines de la imaginación. Dejad que os cuente una historia». Este fragmento pertenece a uno de los relatos que conforman el libro «El contador de historias», según la traducción al castellano y que en la versión original se corresponde con el de «Hakawati», nombre dado en la antigüedad a aquellos hombres que a cambio de unas monedas iban por los cafés narrando cuentos y leyendas, repletas más de fantasía que de realidad. Con la llegada de las nuevas tecnologías, la radio, la televisión, hoy ya no existen, y han sido sustituidos por las telenovelas.
Publicado en España por Lumen (y en catalán por la Rosa dels Vents), «El contador de historias» se ha traducido a dieciséis idiomas y ha alcanzado una gran éxito de público y crítica en Estados Unidos. Su autor, el libanés, nacido en Kuwait, Rabih Alameddine entreteje a lo largo de más de 650 páginas la historia de una saga familiar beirutí, los Al-Kharrat, a través de la voz de su hijo mayor, Osama, ingeniero que lleva más de una década y media -desde el estallido de la guerra civil en el Líbano- instalado en Los Ángeles y regresa porque su padre está enfermo. A partir de ahí, el autor traza líneas que se adentran en el árbol genealógico de Osama hasta llegar hasta un abuelo que ejerció de hakawati, excusa necesaria para ir hilvanando las diferentes fábulas que Alameddine va incorporando al volumen y que son de muy distinta procedencia cultural y religiosa, algunas de las cuales el autor no duda en reinventar.
Oriente y Occidente
Alameddine, en el corazón del barrio de Hamra de Beirut, explica a ABC que incluyó la historia del padre y el hijo porque le interesaba mucho la relación entre ellos. Si bien en el libro se aprecian muchas similitudes entre Osama y el propio escritor, ambos se graduaron en ingeniería en Los Ángeles, no sucede lo mismo en sus vínculos paternos, «yo en el hospital hablaba mucho con mi padre», al contrario que Osama que se ve incapaz de comunicarse con su progenitor. «Mi intención en el libro era mostrar los problemas de comunicación entre una persona que no sabe explicar sus sentimientos hacia su padre». La relación paterno-filial la vuelve a explorar en otra de las historias, la leyenda de Baibars, el esclavo adoptado por una rica dama de Damasco y protegido por el visir Naim El Din, en la que «el hijo se encuentra con su padre y le expresa todo lo que quiere. Intento trazar una relación entre lo que sucede en las fábulas y en la vida real».
Y es que «El contador de historias» es un viaje entre Oriente y Occidente, el pasado y el presente, la fantasía y la realidad, una realidad que el autor ha utilizado de vehículo para «dar una nueva visión de las fábulas». «El libro pretende mezclar todo eso, la cultura libanesa con la americana, el presente con el pasado. El problema es encontrar nuevas formas de comunicación, por eso recurrí a la familia como símbolo de las culturas, lo que te permite además hablar de temas que no se abordan de manera habitual en la literatura. Son historias que representan a cada uno de nosotros y que debemos conocer». Y se remonta a la guerra de Irak, cuya fecha de comienzo sirve al autor -además de su propio viaje a Beirut para ver a su padre enfermo- de arranque de su historia beirutí: «Cuando los estadounidenses entraron en Irak pensaron que los iraquíes les iban a recibir con los brazos abiertos, y no fue así. Si se conociera bien la historia cultural de cada uno, lo habrían sabido. Ahora la historia en lugar de hablar de la destrucción de Sadam, se habla de la entrada de los americanos. Se ha convertido en una historia de invasión. Para conocer una cultura es necesario conocer sus historias. Ése era mi objetivo», afirma Alameddine.
En el volumen coexisten las historias procedentes de distintas culturas y religiones, un crisol que se puede apreciar en el Líbano actual -gobernado por cristianos maronitas, sunníes y chiíes-y la ciudad de Beirut, poblada de templos de distinto credo. «La historia de Abraham es común en el Corán y en la Biblia, pero quién se queda con su legado. Lo que hace el hakawati es decorar la historia de una manera u otra. El problema de las religiones es que la gente cree en los detalles más pequeños que se cambian en una historia». ¿Y cómo se traslada esto al Líbano actual? «Aunque los cristianos maronitas se creen mejores, la realidad es que todos son iguales. La realidad es que son las mismas historias con distintos matices». La solución a este conflicto estaría, según el escritor, «en volver a las escuelas y enseñar a los niños de nuevo. Es un fallo de conocimiento y de educación».
Mi dios, Javier Marías
Entre los autores que admira Alameddine, del que en España tan sólo se había traducido el libro «Yo, la divina», se encuentran Nabokov, Rushdie, Naipaul, Kundera y Borges, y no puede reprimir su fascinación cuando se le nombra a Javier Marías, del que afirma que «si yo fuera creyente, sería mi dios».

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