JUAN PEDRO QUIÑONERO | PARÍS
Actualizado Viernes, 10-10-08 a las 10:00
Al conceder el premio Nobel de Literatura a Jean-Marie Gustave Le Clézio (Niza, 1940), la Academia Sueca consagra definitivamente una metamorfosis histórica de la cultura francesa: la emergencia de una gran literatura escrita en francés por autores de muy distinta raza, nacidos fuera de la metrópoli, en Argelia, Marruecos, el Líbano, Isla Mauricio, la Guayana, el océano Índico o el Caribe.
En un aparte, rodeados de dos o tres centenas de fotógrafos, Le Clézio me resume su posición, a ese respecto, de este modo: «Yo elegí la lengua y la cultura francesa. Pero mi patria íntima, mi heimat, como dicen los alemanes, es Isla Mauricio, que está en el océano Índico. Mire usted… mi padre era inglés de familia bretona, emigrados a Isla Mauricio en el siglo XVIII. Estudié el bachillerato en Niza, pero pronto me marché a Londres y Bristol. Hice el servicio militar en Tailandia. He trabajado en México, en Nuevo México... Vengo de Corea, me marcho la semana que viene a Canadá. He pasado más tiempo fuera de Francia que en la metrópoli. En París soy un extranjero. Francia es mi patria de elección, por la cultura y la lengua. pero mi patria íntima es Isla Mauricio».
Y agrega: «Mire usted… yo hubiera podido instalarme en París, o en otro lugar de Francia, en un pueblo, en alguna región. Pero decidí instalarme en México, primero, y en los Estados Unidos, después. No tengo claro dónde viviré el año que viene. El dinero del Nobel me será muy útil: tengo algunas deudas. Al mismo tiempo, mi nomadismo geográfico tiene un límite cultural: decidí vivir y servir la lengua y la cultura francesas».
La treintena de libros de Le Clézio (novelas, ensayos, reflexiones, análisis) cuentan esa historia íntima: sus historias sobre la Francia metropolitana cuentan la historia de un extraño que busca otros mundos; sus historias sobre México, Nuevo México, África u Oriente cuentan el viaje de un escritor que escribe en francés pero busca y encuentra sus raíces escuchando las voces de otras culturas, otras civilizaciones.
Las culturas españolas pasan desde hace siglos por el diálogo de España con las Américas. Diálogo trágico, en ocasiones
Profesor en Albuquerque y Perpiñán, especialista en culturas mesoamericanas, apasionado de las culturas africanas, el escritor en lengua francesa pasa por París como un extraño en su patria administrativa.
—¿Cree que estamos asistiendo al nacimiento de una Francia mestiza..?
—Francia, su lengua y su cultura son el fruto de incontables mestizajes.
—Hay quienes piensan que la cultura francesa está en crisis.
—Tonterías. La lengua y la cultura francesa tienen hoy una vitalidad excepcional. Hay grandes escritores africanos, caribeños, magrebíes, que escriben en francés. Incluso en mi patria íntima, Isla Mauricio, hay un renacimiento cultural importante, a pesar del olvido de París al francés que se habla en aquella pequeña isla, en el Índico. También hay grandes escritores franceses que no han salido nunca de la metrópoli.
—En apariencia, por momentos, pudiera parecer que usted se ha interesado más por las culturas orientales, americanas y africanas que por las culturas de la vieja Europa.
—¡No..! Hace poco estuve en Suecia. Eso no tiene nada que ver con el Nobel, eh. Estuve en Suecia, y lo primero que hice en Estocolmo fue preguntar por la casa de Emanuel Swedenborg. Ya sabe, el genio sueco, científico, teólogo y filósofo. Y me enseñaron la casa donde Swedenborg hablaba con los ángeles. ¡Qué maravilla…! Esa comunicación con los espíritus de la tierra me recordó a otro gran poeta francés, senegalés, Senghor, que también hablaba con los genios, los ángeles y demonios de su tierra africana.
—En español, Borges sentía una gran pasión por Swedenborg.
—Sí. Las culturas españolas pasan desde hace siglos por el diálogo de España con las Américas. Diálogo trágico, en ocasiones.
—¿Hay un futuro para la cultura española en Estados Unidos?
—En Nuevo Mexico, donde yo vivo y he vivido, la mitad de la población habla español. Y también está floreciendo una literatura y una cultura que no sé si ustedes conocen bien en España.
—Las grandes novelas escritas sobre Nuevo México, pienso en la obra de Cormac McCarthy, evocan un mundo apocalíptico, donde bandas de criminales errantes ensucian con sangre derramada desiertos donde la vida humana está amenazada.
—Es cierto. Pero esa realidad desoladora va mucho más allá de Nuevo México. Yo mismo y algunos escritores amigos hemos denunciando los grandes desastres ecológicos, en el Golfo de México y por todas partes.
—¿Se trata de una nueva forma de literatura «comprometida»?
—La palabra «compromiso» está muy usada. Habría que entrar en infinitos matices. Mi primer compromiso, el compromiso de todo escritor, comienza con su lengua, con la cultura, con la belleza de todas las cosas de la creación.
—Habla usted como un budista.
—Es usted muy amable… no lo sé. El escritor, el escritor de novelas, dialoga consigo mismo, con otras culturas, con la naturaleza. Y ese diálogo íntimo también es un diálogo que debe aspirar a lo universal. Porque toda la naturaleza es hoy víctima de agresiones feroces.
Yo mismo y algunos escritores amigos hemos denunciando los grandes desastres ecológicos, en el Golfo de México y por todas partes
—No sólo la naturaleza.
—No. En ocasiones, cuando estoy de paso por Francia descubro ramalazos de violencia racista, que me recuerdan la Francia negra de mi adolescencia y juventud, cuando el racismo anti árabe tenía manifestaciones abominables.
—En su última novela, «Ritournelle de la faim», se cruzan los recuerdos sobre Isla Mauricio, confundiéndose con la memoria de una Francia en crisis.
—Más o menos. El libro se abre con una cita de Rimbaud, hablando de la «fiesta» y la angustia del hambre. Hay un poco de fresco histórico: historias familiares entre Isla Mauricio, París, las crisis de años muy difíciles. Quizá detrás de la memoria haya algo de revuelta. Pero es cosa del lector.
—¿Cuál es la tarea más urgente, hoy, para un escritor?
—Reflexionar, interrogarse por la belleza. Y por las amenazas que pesan sobre la belleza. La rapacidad del hombre está amenazando muchas cosas bellas de la naturaleza. Salir al paso de tantas cosas absurdas, criminales y dañinas que nos amenazan. Crear nuevos mundos. Recordar… por momentos, en mi última novela, hay momentos de cólera y de hambre, en el París de 1928. Al mismo tiempo, el «Bolero» de Ravel puede tener algo de una profecía.