Jueves, 09-10-08
El madrileño Paseo de Recoletos destila desde ayer arte en sus dos aceras: si en la de los pares el BBVA exhibe en el Palacio del Marqués de Salamanca los tesoros del Museo de Montserrat, en la de los impares la Fundación Mapfre inaugura sede (situada en el número 23 del citado paseo, es un palacio construido entre 1881 y 1884 para la duquesa de Medina de las Torres) y sus nuevas y flamantes salas de exposiciones, que se suman a las de Azca, que a partir de ahora se dedicarán exclusivamente a la fotografía: sus próximas citas serán Walker Evans (una retrospectiva con vintages), Graciela Iturbide, Rodchenko, Lisette Model, Fazal Sheik...
Para la inauguración, la Fundación Mapfre ha echado la casa por la ventana y ha querido dar un golpe de efecto (y a fe que lo ha logrado) ocupando los mil metros cuadrados de espacio expositivo, dividido en tres salas distribuidas en tres plantas. La gran estrella es Degas. En los 300 metros cuadrados de la planta baja se ha instalado un gabinete privado dedicado al menos impresionista de los impresionistas, al más solitario de ellos. Encerrada en vitrinas, podemos admirar la colección completa de sus esculturas, cedida por el Museo de Arte de Sao Paulo «Assis Chateaubriand» (MASP).
El voyeur silencioso
Destaca la exquisita «Pequeña bailarina de catorce años» (1878-1881), que incluso aún conserva el vestido original que le puso Degas. Junto a esta joya, numerosas esculturas en bronce, de menor tamaño, distribuidas por temas, que son recurrentes en toda su carrera: bailarinas, jinetes y caballos y mujeres aseándose en el baño. Temas que se repiten igualmente en sus pinturas y pasteles. La escultura le permite a Degas puntos de vista insólitos en su producción.
La exposición se completa con 6 óleos, 13 pasteles, 14 dibujos, 13 grabados y tres autorretratos del propio artista. Si el MASP brasileño es el gran prestamista de los bronces, el d´Orsay parisino (templo mundial del impresionismo) ha cedido el grueso de los fragilísimos pasteles y dibujos. Como destacaba ayer Pablo Jiménez, director general del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre, el préstamo es literalmente excepcional. Y lo es porque estos pasteles sólo salieron del museo francés hace 35 años para una muestra en la Tate londinense y difícilmente volverán a prestarse. En las nuevas salas de la Mapfre cuelgan joyas como «Le tub» (El barreño), pastel de 1886 en el que una de sus célebres mujeres desnudas aparece en cuclillas y ensimismada dentro de un barreño.
Hombre siempre insatisfecho con su obra (le costaba darla por terminada), Edgar Degas fue un voyeur, un voyeur silencioso que contemplaba a las bailarinas agazapado en un palco de la Ópera de París y plasmaba en su cuaderno escenas prohibidas para la mayoría de los mortales, como es el caso de un puñado de mujeres aseándose en sus toilettes. Escogía a prostitutas como modelos. Siempre las retrataba desde espacios insólitos, como si las observara desde un lugar escondido. Su mirada, dice Pablo Jiménez, es «una mirada en estado puro, una mirada verdadera». Asimismo, subraya su clara y tremenda modernidad para explicar su mundo sin llegar a romper con el pasado: renueva temas y el tratamiento del color, pero mantiene conceptos clásicos como el dibujo o la composición.
Durante el apasionante recorrido por el íntimo universo degasiano, además de las dos joyas ya citadas, vamos descubriendo por las nuevas salas de la Fundación Mapfre más tesoros: los pasteles «Tres estudios para cabeza de bailarina», «Dos bailarinas en reposo» y «Fin de arabesco»; el óleo «El foyer de la danza de la ópera de la Rue de Pelletier», una colección de litografías cedida por la Biblioteca Nacional de Francia, o tres autorretratos fotográficos de Degas en su biblioteca. Contrastan con el reposo de sus bailarinas y mujeres aseándose en el baño los cuerpos tensos y en plena acción de sus jinetes y caballos, de los que hay en esta gran exposición buenos ejemplos tanto en papel como en bronce.

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