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Actualizado Viernes, 03-10-08 a las 07:40
POR J. IGNACIO GARCÍA GARZÓN
El argumento de «La fierecilla domada», o «La doma de la bravía», como también es conocida esta comedia que Shakespeare escribió entre 1590 y 1594, tiene multitud de antecedentes en diversas tradiciones literarias; véase, por ejemplo, en «El conde Lucanor» el cuento «Lo que sucedió a un mancebo que casó con una muchacha muy rebelde». Pero el cisne del Avon introdujo también en su marmita otros elementos muy notables, entre ellos el de la confusión entre sueño y realidad, que bebe de fuentes platónicas y aristotélicas, fecunda numerosas piezas literarias y tiene una de sus cumbres en el monumental drama calderoniano.
Shakespeare plantea un juego de espejos y estructuras superpuestas: el borrachín dormido Christopher Sly es objeto de la broma de un noble que lo lleva a su mansión y le hace creer, cuando despierta, que es un gran señor y que su vida pasada ha sido un sueño; una compañía de cómicos ambulantes representa ante él la historia de Petrucho y la arisca Catalina, la domada fierecilla del título. Sly se convierte así en el protagonista de esta representación y en centro de un laberinto de significaciones donde hay teatro dentro del teatro, y las fronteras entre lo soñado y lo vivido se difuminan. Un formidable mecanismo que envuelve una irónica aproximación a las relaciones entre hombres y mujeres mucho menos misógina de lo que parece.
Mariano de Paco Serrano desarrolla esta mecánica de muñecas rusas en un montaje limpio y muy dinámico cuya ingeniosa escenografía, que firma David de Loaysa, ejemplifica ese nudo de historias que contienen otras mediante un ensamblaje de paneles que marcan diferentes ámbitos. Un espectáculo que finaliza corrigiendo lo concebido por Shakespeare, quien concluye la comedia cuando concluye la representación; es decir, en el plano de la ficción representada, con Petrucho reclamando un beso a Catalina, el conocido «Kiss me, Kate» de la versión musical cincelada en Broadway con melodías de Cole Porter. De Paco hace que el infeliz Sly regrese a escena para darse de bruces con esa otra realidad de deudas, taberneros y un hogar poco dulce, no vaya nadie a creer que la vida es sueño.
Se elimina así el monólogo de Catalina aconsejando a las mujeres que respeten a sus maridos, trufado de sutil mala leche, según subraya Harold Bloom, quien asegura que «habría que tener una mente muy literal para no oír la deliciosa ironía que es el mensaje entre líneas de Catalina». Para el gran crítico estadounidense, «Catalina no enseña la sumisión ostensible sino el arte de su propia voluntad no necesita lecciones de «toma de conciencia». Shakespeare, que prefería claramente a sus personajes femeninos frente a los masculinos, ensancha lo humano, desde el principio, sugiriendo sutilmente que las mujeres tienen un sentido más veraz de la realidad». En el plano interpretativo, el elenco realiza un estupendo trabajo, encabezado por Alexandra Jiménez, que da un recital de recursos cómicos, y un versátil José Manuel Seda desdoblado en Sly y Petrucho.
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