Jueves, 02-10-08
«UNA extraña disparidad se ha instalado entre el drama de las acciones y la conducta de sus protagonistas, de tal suerte que acabamos teniendo la sensación de estar asistiendo a una función en la que los actores no comprenden lo que están representando». Richard M. Weaver, una de las grandes figuras del pensamiento conservador norteamericano, llegó a semejante conclusión sin conocer a nuestro presidente y lo escribió en 1948 en su libro «Las ideas tienen consecuencias», ahora publicado en España (Ed. Ciudadela). Weaver no tuvo el placer de conocer a nuestro capitidisminuido Gran Timonel, el ejemplo más irrefutable de su teoría sobre la decrepitud del pensamiento occidental y la perversión del lenguaje porque murió en 1963. En aquellos años, nuestro líder aprendía a andar por los parques de León ayudado por su abuelo franquista, ese que tan olvidado tiene en sus recapitulaciones. Pero Weaver escribía sin duda para que nosotros entendiéramos lo que nos pasa. «Cuando las palabras han dejado de corresponderse con realidades objetivas, no parece de gravedad tomarse algunas libertades con el lenguaje», nos decía.
¿Cómo que algunas? Todas las libertades necesarias para convertir la realidad en concepto maleable, perfectamente intercambiable con su contrario, siempre que resulte conveniente. En su viaje a Nueva York, precedido de una mansalva de insultos y acusaciones al capitalismo y a Estados Unidos, Zapatero se presentó como un auténtico buhonero -según sus amigos avergonzados- ante una «cúpula empresarial» de medio pelo que no podía creerse tanta obsequiosidad y autocomplacencia. Ayer estaba en San Petersburgo donde se entrevistó con el presidente Medvedev -tan subalterno como los empresarios del encuentro neoyorquino-. Tranquiliza tener al presidente por pagos donde puede hacer poco daño. Ante la falta de interés y relevancia de todo lo que Zapatero y Medvedev puedan hablar y tratar, era buena ocasión para que el presidente saque al menos un poco la pata del charco en el que la metió cuando le dijo al New York Times que, con la elección de McCain, temería una reedición de la guerra fría. La cosa, diría algún castizo, tiene pelotas. Rusia invade a un país vecino soberano y declara la independencia de dos partes que le apetecen, machaca a su oposición, liquida a los medios críticos, manda asesinar a periodistas, empresas y gente incómoda en su territorio y en el exterior, extorsiona a los vecinos, amenaza a toda Europa y reclama un veto sobre las decisiones de las democracias occidentales y sobre las de la OTAN. Y resulta que el peligro de la Guerra Fría lo ve nuestro gran perspicaz en la posibilidad de que los norteamericanos elijan a un presidente que no es el que quieren él y Pepiño. Seguimos sin saber si, en sus ya conocidas respuestas a preguntas del zapaterismo mediático, McCain no se refirió a Zapatero porque le desprecia o le ignora. Da lo mismo. Tampoco importan las razones por las que Sarkozy no ha invitado a Zapatero a la reunión europea de emergencia ante la crisis financiera. Lo que importa es el costo de la función que representa. Las consecuencias que él ignora porque confunde la ética de la responsabilidad con un ejercicio de contorsionismo.

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