
Jueves, 02-10-08
LA ecuanimidad nunca es cosa de muchos: suele ser, en el mejor de los supuestos, cosa de uno o un acuerdo entre dos, o poco más. Es normal, pues, que el barcelonismo en masa no tenga hoy una visión razonable y objetiva de Joan Laporta. Pero es de justicia recordar ahora, que todo el mundo lo toma por el pito de un sereno, lo que ese hombre le ha dado al Barça, el club que preside desde hace más de cinco años. Todo. Lo ha dado todo: tiempo, familia, amistades, juventud, honra..., incluso llegado el momento ha sabido despojarse de cualquier atisbo de educación y se ha mostrado como un auténtico chulo por el bien del Club.
Joan Laporta llegó a la presidencia del Fútbol Club Barcelona cuando éste se encontraba poco menos que en la indigencia deportiva y económica. Acompañado de un equipo joven y lleno de ilusión (del que por cierto ha volado casi todo lo valioso de aquella junta como tórtolas a un pistoletazo), encaró un proyecto que no salió del todo mal. Pero, en seguida, este hombre sin duda visionario encontró el modo de darle sentido, significado y carácter a su peculiar modo de actuar, que se podría resumir en una palabra nueva: «la laportez».
La laportez es ese pronto, ese arrebato no del todo sutil ni lúcido, que le lleva al señor Laporta a darle un papirotazo a un socio, a enguarrinarse con su propio chófer en plena calle, a bajarse los pantalones en el aeropuerto, a macarronear ante las peñas o a buscar una cámara un minuto antes de decir algo muy inconveniente.
Como puede suponer el lector, la laportez no es un modo de actuación exclusivo del señor Joan Laporta, aunque hay que reconocerle una destreza única y un potencial y una técnica casi imbatible en este desordenado amasijo de comportamiento que le lleva al mismo tiempo a mantener el tipo en situaciones extremas (cara de mango de paraguas con un gol en contra en el último minuto) y también a eso que no hay eufemismo que lo mejore y que se suele denominar simple y llanamente «cagarla».
Pero el barcelonismo todavía tiene tiempo de reconocer todos los sacrificios de Joan Laporta, que han sido extremos. A ver: ¿qué ha ganado Laporta, aparte de kilos, desde que está al frente del Barça? Aquel hombre llegó al cargo hecho un pincel, lleno de fuerza y de amigos, con una familia compacta y con cuñados, con un capital humano, económico y deportivo impresionantes... Y tras años de dedicación obsesiva, aquel pincel se ha convertido, dicho sea con el máximo respeto, en una brocha; la fuerza se le aprecia especialmente según se le va por la boca; los amigos, apostados entre las rocas a la espera de que pase por el desfiladero; de la familia no hablamos, y de los distintos capitales, nos pararemos en el deportivo: le queda una bala en la recámara, y como no le arrebate la Liga al Real Madrid o la Champion al Chelsee, esa bala lleva su nombre, Laporta, grabado en el lomo... Y no se la para ni siquiera la rebeca bien gruesa de Antonio Miró que porta Guardiola.

