Lunes, 29-09-08
POR J. C. CARABIAS
SINGAPUR. Se acercó Lewis Hamilton y masculló al oído de Alonso una carantoña para la foto. Ambos instalados en el podio, le habló de la exigencia física de la carrera de Singapur, de la increíble humedad superior al 70 por ciento. Alonso dijo que sí, que estaba muy de acuerdo, pero no dio pistas al enemigo. Veía doble, bultos de colores, deshidratado por la falta de agua y deslumbrado por los focos. «Estaba totalmente mareado. No veía nada», admitió.
Se había roto otra pieza en su conexión con el Renault. Un pequeño conducto que transporta agua a su garganta. «Es normal. Ya me ha pasado varias veces». Con el gaznate seco y la visión nublada llegó Alonso a su punto de reunión con la victoria. Extenuado por la atmósfera ardiente de Singapur. «Estaba bastante fastidiado. No he hecho muchos gestos porque estaba muy débil».
Liturgia de gestos
La liturgia de los gestos había llegado antes. Por el sureste asiático regresaron estampas habituales de los domingos españoles a la hora de la comida. Los pajaritos desde el coche, la bandera española en el campamento de Renault, el himno español en lo alto del podio y ayer, una dedicatoria especial al bajar del bólido: una especie de grito de Tarzán, golpeando el pecho-lobo, para un aficionado con el que había contraído esa deuda.
Alonso estaba feliz: «Siempre he confiado en mí mismo. Pensaba que volvería a ganar, aunque no imaginé que sería tan temprano. Es una alegría para todos, para los mecánicos e ingenieros que trabajan hasta las cinco de la mañana...».
No se emocionó por su conquista nocturna, sino por la novedad. «Sé que seré el primero en la historia, pero más que eso me gusta que haya llegado en un circuito nuevo. Como el año pasado en Monza. Me gustaría completar los veinte circuitos del Mundial con una victoria. Haga lo que haga los próximos años, aquí en Singapur ya he puesto la X».



