Lunes, 29-09-08
Unos cambian ruedas, otros ponen gasolina, algunos ajustan los alerones y un valiente aguanta la piruleta, temeroso siempre de que la ambición del piloto por ganar una micromilésima se lo lleve por delante. La piruleta, para los no entendidos, es esa especie de señal-semáforo que sostiene un operario mientras el coche entra en el «box» y que le indica cuándo se ha acabado la reparación o el repostaje del monoplaza. Más de uno ha sufrido la embestida de un bólido con consecuencias trágicas.
Ferrari, donde gusta ir más allá y fardar de sofisticación en un mundo en el que la exclusividad es más importante que nada, se empeñó en enterrar la figura del «piruletero» e implantó un sistema ultra moderno, en el que se encendía una luz verde cuando el último de los mecánicos en actuar, que siempre que hay repostaje es el que pone y quita la manguera, acababa su faena. La idea, ganar tiempo.
¿Y cuándo se atasca la manguera? El desastre. Felipe Massa, que partía desde la «pole», todo a favor para ganar en un circuito urbano, vio verde sin que el chico de la gasolina hubiese desenganchado del bólido rojo la manguera. «La luz estaba verde y salí a toda velocidad para no perder mi puesto. De repente me di cuenta de que algo no iba bien y vi que llevaba la manguera», se justificó. Encima se llevó al pobre mecánico por delante, aunque no ocurrió nada grave. La imagen de Massa al final del «pit lane» esperando a que le liberasen del lastre de la manguera fue surrealista y, a partir de ahí, Ferrari recuperó la piruleta en las siguientes paradas. Le fue mejor.



