Sábado 10, octubre 2009 - Últ. actualización 9:18h
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Domingo, 28-09-08
Por desgracia para cualquier candidato a un cargo público, lo importante no es el frío análisis que los expertos hagan de los argumentos que has presentado, sino la percepción del público en las encuestas telefónicas al final de la emisión del debate. Y ese resultado suele ser como una bola de nieve que va creciendo según progresa: desde la primera encuesta se marca tendencia. La comisión encargada de los debates presidenciales decidió que el de ayer se centrara en la política exterior. Si analizamos la facilidad y fluidez con que McCain abordaba los temas frente al recitado de opositor de Obama -brillante quizá, pero opositor- parece claro que las cualificaciones para ser comandante en jefe están claramente en el bando de McCain. Su equipo quiso transmitir el mensaje de que había que decidir quién está preparado ya para el cargo y a quién le falta algún hervor. Y ahí McCain demostró su superioridad, pero no logró dar a Obama el golpe de gracia que su campaña necesitaba. Richard Nixon demostró superioridad en 1960 frente a John Kennedy. El viernes por la noche se cumplían exactamente 48 años de aquel primer debate presidencial que fue decisivo para la victoria de Kennedy. Y no precisamente por razones de fondo. Entonces la victoria de la forma sobre el fondo hizo que los debates desaparecieran de las siguientes campañas y no se celebrase otro hasta las elecciones de 1976 entre el presidente Ford y el gobernador Carter. Entonces se demostró que los debates también podían aportar cuestiones de fondo. En el dedicado a política exterior, el presidente Ford cometió una gigantesca metedura de pata que le descalificaba sin matices para ser presidente. Después de veinticinco meses en el cargo, afirmó en el debate que «no hay ni nunca habrá durante una Administración Ford un dominio soviético de Europa del Este». Estaba todo dicho. El debate del viernes pasado no ofreció ningún sound bite tan sustancioso como ése. Ni en el sentido negativo para quien lo dijo, ni en el positivo, como aquella puya de Ronald Reagan contra Walter Mondale en el segundo debate de las presidenciales de 1984. Cuando el ex vicepresidente demócrata cuestionó la avanzada edad de Reagan, éste respondió: «No quiero abusar de la juventud e inexperiencia de mi rival». En este primer debate de 2008 no ha habido ninguna frase redonda que se pueda lanzar contra el rival y emplear una y otra vez en las televisiones como ariete. Aquí seguiremos escuchando durante días la referencia de Obama a «el primer ministro de España» -cuyo nombre no supo o quiso mentar- pero eso no tiene cabida en las resúmenes de las grandes cadenas norteamericanas.
El fallo de McCain ha estado en que en el presente contexto de crisis económica de profundidades abisales, Obama ha resultado más creíble. Y eso a pesar de que se puede decir que ninguno de los dos candidatos demostró verdadero conocimiento de los mercados financieros ni el coraje político necesario para proponer soluciones o alternativas a la iniciativa de la Administración Bush, como cabía esperar de McCain después de lo visto en esta semana. A la hora de afrontar la crisis, la intervención del denostado Bush el pasado miércoles resultó mucho más convincente que la de los dos candidatos. El primer debate suele ser el que marca la tendencia. Mas tampoco olvidemos que la victoria más arrolladora en un debate fue la de Mondale en el primero de los dos habidos en 1984. Y aún así Reagan logró la segunda mayor victoria del siglo XX en número de votos en el colegio electoral.
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