Meg Ryan acaba de estrenar «The Women», versión moderna de la película de George Cukor. Durante la promoción ha hablado para el número de octubre de la revista «In Sytle». Y sobre cosas de las que no había hablado antes. Dice que hizo daño a Russell Crowe cuando rompió con él, que éste no tuvo que ver con su divorcio de Dennis Quaid, que su marido la engañó durante diez años y que fue un alivio (durante su lío con Crowe) llevar la ominosa letra escarlata en su pecho después de haber sido la novia de América. Meg Ryan ha hablado por primera vez de todos estos asuntos. Pero hay uno importante que permanece agazapado (uno que nos importa tanto como saber cuándo y dónde se tintó el pelo Ingrid Betancourt tras ser liberada). ¿Tiene Meg Ryan espejos en su casa? ¿Ha perdido la noción de lo que es una cara con la que se pueda salir a la calle? Sólo su botox lo sabe.
-Es usted el responsable de que Meg Ryan ya no sea Meg Ryan. ¿No le da vergüenza?
-En primer lugar, el responsable es el tiempo. Y si no le da vergüenza al botox de Nicole Kidman no sé por qué iba a dármela a mí. Quieren parecer más jóvenes porque creen que si no no las contratarán y se echan en nuestros brazos, nadie las obliga.
-Pero no me negará que ahora tiene peor pinta que antes e incluso peor que la que tendría con la cara más blanda. No parece diez años más joven sino diez años más tonta.
-No me eche a mí todas las culpas. Esa cara abotargada es producto de muchos más productos. Yo no tengo nada que ver con el relleno de los labios de Pato Lucas.
-Sin ánimo de ofender, es usted una toxina. Da la impresión de que hace estragos no sólo en la cara sino también en el cerebro. Que hace que las víctimas pierdan la noción de las cosas.
-Qué quiere, soy como las patatas fritas Pringles. Cuando haces pop ya no hay stop.
-Las Pringles no son patatas fritas. Las patatas fritas no se ajustan unas sobre las otras.
-¿Vamos a hablar de productos naturales? Si es así me voy, que tengo que seguir con mi plan maligno para conquistar el mundo.
-No. Vamos a hablar de cine. No sé si ha visto «The Women», la última película estrenada de Meg Ryan. Da mucha pena mirarle la cara. Sobre todo porque está al lado de Candice Bergen o Annette Bening, que han lidiado mucho mejor con los años. Por no hablar de los 82 años de Cloris Leachman, que se come con patatas (de las de verdad) a Meg en cada escena.
-Ah, bueno, es que Cloris Leachman se come hasta a los de «Dancing with the Stars» (la versión estadounidense de «Mira quién baila»), donde debutó el otro día. La suya es una generación a la que no hemos podido hincar el diente. O se han operado al viejo estilo o han envejecido al estilo de toda la vida. Las muy perras.
-Tampoco parece que Candice Bergen, mucho más joven que la Leachman, haya caído en sus agujas.
-Es inteligente. Fíjese. Era la madre de Meg Ryan en «Ricas y famosas», la última película de Cukor y la primera de Meg, y vuelve a serlo ahora en «The Women». Y sí, tengo que reconocerle que los años han pasado por ella mejor que por Meg. Pero, oiga, yo tengo que ganarme la vida intoxicando a la gente. Y el mercado está muy difícil, que cada día salen cosas nuevas que se notan menos.
-¿Y no tiene espejos Meg Ryan en su casa para mirarse esa cara como picada por las avispas?
-Uno acaba acostumbrándose a todo. Incluso a Magdalena Álvarez.