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La leyenda del impecable
AP Paul Newman no abandonó ni en sus últimos años su pasión por las carreras de coches
Domingo, 28-09-08
POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
Hacía ya un par de meses que estaba como Butch Cassidy, acurrucado en la pared, con el revolver en mano y a la espera del plomo de su escena final, tan elegida y tan con los suyos -con sus íntimos Sundance Kid- como en «Dos hombres y un destino». La muerte de Paul Newman es, claro, una gigantesca pérdida para el cine, pero lo es todavía mayor para el hombre, esa criatura indecisa, insegura, que sueña con una inalcanzable perfección, y a la que ese actor miraba muy de cerca. Paul Newman actor. Paul Newman director. Paul Newman hombre, o marido, o padre... Paul Newman ha transmitido siempre una fortaleza, una seguridad y una confianza que, de habérselo propuesto, le hubiéramos dado el volante de nuestro propio coche o le hubiéramos permitido hacer la salsa que aliñara la ensalada de nuestras vidas.
De Paul Newman se recordará siempre su primer plano, espléndido y hermoso a cualquier edad, en su juventud, en su madurez y en su vejez: el tiempo pudo con él, pero no con su llamativa fascinación, que le ha seguido hasta esa pared de su escena final. Pero, a pesar de eso o junto a ello, Newman ha sido un actor y un hombre manual, en todos y cada uno de los sentidos del término. Las manos en el volante y las manos en su propia salsa; las manos al volante de su propia vida (la lealtad de un matrimonio de décadas en un mundo como el de Hollywood y en un hombre como él revelan algo que sobrepasa los límites de la dignidad y de la pericia al volante) y las manos firmes en su carrera.
Un actor prodigioso
Manos hábiles de carterista, prodigiosas para el juego del billar y para barajar las cartas, capaces de sujetar el taco en «El buscavidas» y de armarlo en «El golpe». Compaginaba, en realidad, esa técnica natural en los prestidigitadores y grandes intérpretes de situar el instante sublime, el punto de interés, justo en el otro lugar: enfrascado en sus ojos, te burlaban sus manos; enfrascado en sus manos, te burlaban sus ojos. Un actor prodigioso, tan grande como el más grande.
El movimiento de Newman en la escena provenía del teatro, y nunca pretendió quitarse ese olor a madera mientras cruzaba una escena o miraba a la cámara; y a madera de un cierto tipo, a la que pulía Lee Strasberg en su Actor´s Studio. Podía contener a Tennessee Williams tan bien como una hoja en blanco. Sus recreaciones de «La gata sobre el tejado de zinc», o «Un largo y cálido verano», o «Dulce pájaro de juventud» son el más preciso y ajustado testimonio que un cuerpo humano podía prestar al tormentoso dolor de los personajes de Williams.
«El perdedor»
Hombre del profundo sur, sí, pero también hombre del Oeste («El zurdo», «El juez de la horca», «Bufalo Bill»...), y sobre todo hombre generoso: como director le dedicó dos cantos de intenso amor a su mujer, la gran actriz Joanne Woodward, «Rachel, Rachel» y «El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas», y una disimulada elegía a su propio hijo, muerto, en «Harry e hijo». Y generoso consigo mismo y con el reverso de su imagen, ésa tan cercana a la perfección, al encarnar como nunca nadie ha encarnado a ese personaje tan oscuro y cinematográfico de «el perdedor». Con el mero maquillaje de la interpretación, el prodigioso y luminoso Paul Newman se ha transformado en tipos como el abogado Galvin de «Veredicto final» o el inquietante mafioso John Roonye de «Camino a la perdición». En «El buscavidas» o en «Marcado por el odio» ata de modo imperecedero esa forma sutil de ganar con las manos y malograr con la cabeza la idea que separa la suerte del infortunio.
Si alguna vez Paul Newman hizo algo que no estuvo a la altura de sí mismo o de sus propias reglas, queda enterrado entre sus montones de perfección. No se le conoce resbalón. Y hasta para morir eligió su lugar, su modo y su ley. Como los elefantes hace mucho tiempo.

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