Sábado 10, octubre 2009 - Últ. actualización 9:18h
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Parida(d)
Domingo, 28-09-08
La renovación del Tribunal Constitucional ha deparado uno de esos momentos inefables en que nuestros próceres abjuran del más elemental sentido común para abrazar con ardor un completo dislate. El Parlamento andaluz acaba de imponer como aspirante a quien menos apoyos recabó -cinco- en detrimento del nombre más votado -cuarenta y siete-. ¿El motivo? Se trataba de una mujer. Paritas habemus.
Si los primeros movimientos feministas, con sus excesos y arbitrariedades, contribuyeron de manera decisiva a la erradicación de abusos muy enquistados y favorecieron el acceso de la mujer a terrenos que le eran vedados, la deriva de los últimos años propicia disparates que, antes o después, hacen un flaco favor a la causa de las propias féminas y de la sociedad en su conjunto.
Anteponer el sexo -sea cual fuere- al mérito y la preparación, en aras de una supuesta paridad, concluye por situar en puestos esenciales de la Administración a personas del ingente talento de Magdalena Álvarez -a la que despojaremos del consabido «Maleni» que tanto aborrece-, un dechado de finura y sutileza políticas que suscitan el asombro de todo hijo de vecino. Y qué decir del abrumador currículo de Bibiana Aído, tal vez la miembra del Gabinete más dotada para la gestión de la cosa pública.
Edurne Uriarte, que -esta vez sí- es mujer de muchos y probados logros, ha glosado en ABC y en su estimable y reciente libro Contra el feminismo el profundo daño que radicales y progres han infligido a la conquista de una verdadera igualdad.
El pensamiento políticamente correcto ha dictado que la revolución femenina consiste en que ellas se limiten a reproducir los comportamientos ancestrales de los varones, incluidos sus errores. Sin embargo, las mujeres denotan mayor sabiduría cuando no cifran su felicidad únicamente en el éxito profesional, como tan a menudo hacemos los hombres, enalteciendo en cambio el plano personal o familiar. Si esa decisión es libre, y no el fruto de una imposición social, sobran los reproches.
Y las cuotas impuestas, estrategias de marketing de cara a la galería.
Javier Ortega
ÁTICO CON VISTAS
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