
Viernes, 26-09-08
Es una mujer de una sola pieza. Muestra una entereza fuera de lo común, aunque la procesión va por dentro. Hace una semana estaba planeando con su marido un par de días de descanso en Santoña, pero una semana después su marido, Luis, no está en casa porque ETA lo asesinó en Santoña. «Me han partido la vida en dos», confiesa mientras repasa en la pantallita de una cámara digital las fotografías que ambos se hicieron el domingo en la playa de Laredo. Su hijo, Iván, militar como su padre, escucha a su lado. Mientras responde, besa una y otra vez la cruz que Luis le regaló.
-¿Cómo se encuentra?
-Desde el primer momento me he dado cuenta de todo, pero cada día se va haciendo más duro. La noche pasada fue terrible. Y es que me sigue pasando por la cabeza la película de todo lo que pasó. Yo estaba con él.
-¿Cómo ocurrió todo?
-Era la una menos cinco o así. Estábamos en la cama, dormidos. De repente llamaron a la puerta y nos dijeron que saliéramos al patio, que había una amenaza de bomba. Nos vestimos como pudimos y salimos de la habitación corriendo. Yo salí con la parte de arriba del pijama, con unas chanclas, en fin, como pudimos. Y mi marido iba delante de mí. Recuerdo que le dije que saliéramos al patio, pero me contestó que allí no había nadie y que se trataba de salir de allí como fuera. Abrió la puerta, salió y ocurrió todo. Fue un estallido tan grande, tan grande... el ruido, el fogonazo... Me tapé los ojos con el brazo y agaché la cabeza porque empezaron a caer cascotes y cristales. Luego pude verlo. Estaba tirado en el suelo. Le tomé el pulso y comprobé que tenía un hilito de vida. En seguida me desalojaron de allí.
-O sea, que usted fue consciente en todo momento de lo que estaba ocurriendo.
-Sí, en todo momento. Vi que tenía un brote de sangre muy grande y era sangre arterial.En ningún momento él dijo nada. No se enteró. Luego llegó la ambulancia, pero no me dejaron ir con él. Estuve deambulando por el pueblo porque cada vez nos alejaban más de la residencia, cada vez más. Estuve con unos vecinos hasta las tres, pero nadie me daba explicaciones. A las tres o tres y poco un subteniente me dijo lo que había pasado y que llamara a mi familia. Llamé a Segovia, al hermano de mi marido, y le dije que se trajera a Iván, mi hijo. No les dije que estaba muerto, sino que estaba muy mal, que había sufrido un atentado terrorista. Después volví a la habitación a recoger un poco lo que nos habíamos dejado. Una piscóloga estuvo conmigo el resto de la noche, hablando todo el rato, hasta las siete y veinte, que llegaron mi hijo y mi cuñado. La psicóloga me dijo que yo estaba mejor que ella. Y es verdad que no sentía rabia ni dolor, pero el reloj se me había parado para siempre. Pero sí fui consciente de que me había salvado la vida, de que él había muerto por haber salido primero. Si la que sale primero llego a ser yo, habría volado. Y es raro, porque siempre íbamos agarrados a todos los sitios. Lo normal es que hubiéramos muerto los dos.
-En realidad, es una pesadilla terrorífica, porque te levantan de la cama y te ocurre todo esto.
-Claro, y luego te enteras de que la evacuación fue un desastre total, de que nosotros fuimos los últimos que salimos, de que a otras personas las sacaron por otro lado y que, en fin, que a nosotros nos tocó. Si nos hubiéramos quedado en la habitación, como hizo mucha gente, no nos hubiera pasado nada. La descoordinación fue absoluta. Tocaban a la puerta y se largaron y en el trayecto no vimos nadie salir de las habitaciones. A nadie, y en el patio no había nadie. El instinto te lleva a salir por la puerta principal. Lo único que pienso es que murió en la playa, que estaba feliz porque le encantaba el mar.
-Digamos que es un consuelo.
-No, consuelo no. Lo único que pienso es que él me ha salvado la vida. Ha dado la vida por mí. Otra reacción que tuve fue decir que me tenía que haber ido con él, pero, claro, aquí está mi hijo. (Reprime las lágrimas, besa la medalla de su marido que lleva al cuello, coge aire y continúa).
-Luego viene todo lo demás, el ruido mediático, el traslado, el recibimiento en Segovia. Son muchas imágenes, muchas emociones... No sabes cómo asimilarlo. La llegada a la Academia de Artillería fue horrorosa, horrorosa, un amontonamiento de gente, todos se echaban encima de mí, todos iban a mí, una señora me llegó a preguntar que quién era yo. Me puse en tal estado de nervios que me fui a casa.
-¿Telefoneó el Rey, el presidente del Gobierno?
-El presidente del Gobierno, sí. Y Carme Chacón, «chapeau». Por la mañana me bajé a la playa a despedirme de mi marido. Allí me avisaron de que había llegado la ministra. Carmen me cogió las manos, me besó... Me llegó al alma. Ayer, precisamente, me llamó a casa. Y tengo su teléfono personal por si quiero hablar con ella. Lo único que le pido es que mi hijo se quede en Segovia destinado.
-¿Y el presidente?
-Estuvo más frío, más distante. No me llenó. Sin embargo Bono estuvo encantador, igual que Rubalcaba. A Bono le dije que era el favorito de mi marido. Se puso tan orgulloso. Patxi López acudió con un montón de periodistas. También fue el presidente cántabro, pero no lo pude recibir, no tuve fuerzas. Que me perdone. El mando militar también se portó extraordinariamente.
-Luis era militar y siendo militar siempre se piensa que una cosa así puede ocurrir. ¿Habían hablado de ello alguna vez o lo veían demasiado lejano?
-Él no tenía miedo. Su hermano había estado destinado de policía en el País Vasco. Nunca hablamos de ello. Lo veía tan lejano... Cómo iba a pensar él que iban a ir a por un brigada. Él se consideraba una persona de la calle. Era muy humilde.
-¿Qué les diría a los asesinos de su marido?
-No les guardo rencor, la verdad. Lo único que les deseo es que pasen un poquito, sólo un poquito, por lo que estoy pasando yo ahora. Es algo tan sumamente grande que no se puede describir como pena ni como tristeza. A mí me ha partido la vida por la mitad. Yo iba con mi marido a todos los lados, bailábamos, viajábamos, hacíamos la compra. Todo juntos.

