Jueves, 11-09-08
A las 9 horas y 28 minutos de la mañana de ayer, el mayor experimento científico jamás construido por el hombre se puso oficialmente en marcha. Durante una hora, el primer haz de protones inyectado en el LHC recorrió, en el sentido de las agujas del reloj, el gran anillo metálico de 27 km donde, durante las próximas semanas, empezarán a recrearse las condiciones que reinaban en el Universo instantes después del Big Bang.
«Ahí está», dijo el responsable del proyecto, Lyn Evans, cuando el haz completó finalmente su vuelta. Dos horas después, un segundo «paquete» de mil millones de protones realizó el mismo recorrido, pero en sentido contrario. La exitosa prueba de «arranque» del LHC se realizó a muy baja energía y de forma gradual, con paradas programadas de las partículas en cada uno de los ocho sectores en que se ha dividido el anillo. Se trataba de realizar algo parecido a la vuelta de reconocimiento que los pilotos de Fórmula 1 efectúan alrededor del circuito justo antes de empezar la carrera.
Las colisiones, en diciembre
Más adelante, cuando el LHC alcance su velocidad de crucero y los haces de protones viajen casi a la velocidad de la luz (y en ambos sentidos a la vez), sus trayectorias se cruzarán alrededor de 30 millones de veces por segundo.
En los puntos indicados, es decir, cuando se crucen justo a la altura de alguno de los cuatro grandes detectores construidos a lo largo del anillo, los físicos harán que sus trayectorias coincidan y las partículas aceleradas chocarán entre sí, recreando las condiciones del Universo recién nacido. Sin embargo, aunque las primeras colisiones se producirán probablemente en diciembre, el LHC no funcionará a pleno rendimiento hasta 2010 ó 2011.
Cuando eso suceda, los cálculos indican que, a más del 99 por ciento de la velocidad de la luz, se producirán unas veinte colisiones cada vez que se crucen dos haces de protones. Lo que multiplicado por treinta millones de cruces arroja la impresionante cifra de 600 millones de colisiones por segundo.
Los cuatro detectores (Atlas, CMS, Alice y LHCb) recogerán la ingente cantidad de información procedente de las colisiones y la almacenarán. Si hubiera que guardar todos esos datos en CDs, la pila de discos necesarios cada día superaría los 20 km de altura.
La información será después distribuida y cuidadosamente analizada por los miles de físicos del CERN (Centro Europeo de Investigación Nuclear, la institución que opera el acelerador) y por equipos de investigadores repartidos en más de cuatrocientos laboratorios de todo el mundo. Los primeros resultados científicos tardarán por lo menos un año en llegar. Y los más espectaculares, si se producen, deberán esperar a que el LHC alcance su «energía nominal», no antes de 2010.
«Hemos tenido un muy buen comienzo -dijo Lyn Evans-. Podemos ahora mirar adelante, hacia una nueva era para el entendimiento del origen y la evolución del Universo».
Si finalmente todo sucede como está previsto, y si los actuales modelos de la Física son correctos, el LHC permitirá averiguar los secretos de la masa: qué es, por qué varía entre unas partículas y otras (algunas incluso carecen de ella) y quizá arrojar luz sobre la naturaleza de la materia y la energía oscuras, que constituyen el 96 por ciento del Universo en que vivimos y de las que apenas sabemos nada. Todo lo que conocemos, planetas, estrellas, galaxias, nosotros mismos, está hecho de lo que los físicos llaman «materia ordinaria». Curioso nombre para un tipo de materia que sólo da cuenta del 4 por ciento del total.
La teoría predice que las partículas subatómicas de las que está hecha la realidad deben su masa al Bosón de Higgs, la «partícula divina» que es uno de los mayores objetivos del LHC. Su descubridor, Peter Higgs, de 79 años, confía en que la gran máquina será capaz de mostrar al esquivo bosón. La suerte, ahora, está echada.

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