Martes, 09-09-08
JOSÉ MANUEL CUÉLLAR
ENVIADO ESPECIAL
NUEVA YORK. La bola a media pista, algo más profunda. Serena se fue a por ella con determinación y metió un latigazo de revés tremendo acompañado de un alarido que puso los pelos de punta al personal. El espanto recorrió la grada ante el rugido mientras la bola salía despedida lejos, muy lejos, del alcance de Jelena Jankovic. Entonces la menor de la Williams, sabiéndose vencedora, se puso a botar sobre la pista como una posesa, botaba y botaba con su poderosa humanidad mientras temblaba la Arthur Ashe entera ante el triunfo de Serena Williams en la final del US Open.
Pero es mentira lo que luego se rumoreó en los círculos tenísticos respecto a que los operarios de la pista habían trabajado toda la noche para reparar los baches causados por la alegría de la norteamericana y que así pudieran jugar Federer y Murray. Eso, aunque se reía en las bambalinas de Flushing Meadows, es mentira.
Sin embargo, es verdad que el triunfo de Serena Williams sobre Jelena Jankovic (6-4, 7-5) ha colocado a la estadounidense como nueva número uno del tenis femenino y coronado un año triunfal para su familia después de que su hermana Venus se hiciera de nuevo con el torneo de Wimbledon.
En realidad, no es tan extraño. De las Williams siempre se ha dicho que tienen tenis suficiente como para dominar el circuito femenino pero, fundamentalmente de Serena, se sabe que tiene más tenis que su hermana y, por supuesto, mucho más que el resto de chicas del circuito (si excluimos a la «desaparecida» Justine Henin).
Dispersas en los negocios
El problema es que, además de mucho tenis, Serena tiene muchos kilos, demasiados. En cuanto se descuida se pone en sobrepeso y entonces su falta de movilidad le cuesta partidos. En el caso de las Williams hay un problema añadido y es que ambas abarcan mucho y aprietan poco. Las dos se han dedicado durante demasiado tiempo a crear su propia línea de moda, sus pinturas, maquillaje, ropa e incluso han entrado en el mundo del cine y de la música como productoras. Han ido a Senegal en labores humanitarias y han pasado penalidades de todo tipo cuando una de sus hermanas cayó muerta a tiros en uno de los peores barrios de Nueva York.
Lo cierto es que todo eso las ha despistado bastante durante mucho tiempo de lo que es el mundo del tenis propiamente. Sin embargo, cuando se ponen en serio, son imparables, sobre todo en esta clase de pistas.
Ante Jelena Jankovic, Serena actuó como lo que es, un martillo pilón lleno de furia y fiereza con unos gritos en cada golpe que ahuyentaban hasta a los fantasmas.
La serbia, que le disputaba el número uno, es muy buena técnicamente, pero no tiene la pegada de la norteamericana ni su concentración en la pista. Tiende a disiparse. De Jankovic se dicen muchas cosas, que si se ha puesto pecho, que si se ha operado la nariz, que si se cree una «top model» e incluso se rumorea que piensa que la mayoría del circuito masculino anda detrás de ella.
El caso es que se va de los partidos con mucha facilidad y, además, en los momentos claves se raja. En el segundo set tuvo a Serena contra las cuerdas, pero le tembló el pulso, comenzó a hacer dobles faltas sin sentido y dejó que su rival se levantara.
Ver despertar a una fiera así da miedo. Cada vez que metía la derecha con bola adelantada y en carrera provocaba un hoyo en la pista y un comentario unánime en la grada: «¡Hala, pero qué bruta!». Mientras, la jugadora serbia, más estilista pero también más blanda en todos los aspectos, se iba por el sumidero de la desesperación hacia la derrota y hacia el número dos del ranking que, por lo visto, también es su hábitat natural, lo mismo que para Serena lo es el número uno.




