
SIGEFREDO Andrés Calamaro
Sábado, 06-09-08
ROCK
Andrés Calamaro
Concierto de__ Andrés Calamaro. Lugar__ Sala Razzmatazz. Fecha__ 3 de septiembre.
DAVID MORÁN
Como un Ave Fénix reincidente empeñado en tropezar una y otra vez con la misma piedra, Andrés Calamaro ha construido su carrera en torno a una relación de causa efecto: caer para volver a levantarse y volver a caer. Un día estás arriba y, pataplaf, tropiezas con una fantasma interior que habías dejado tirado de cualquier manera y de nuevo al agujero. De esa montaña rusa vital y musical surgieron grandes discos -«Honestidad Brutal»--, inauditas explosiones de creatividad en las que el grano se mezclaba con la paja -«El salmón»- y deslices tangueros -«El cantante»-. Unos le propulsaron hacia arriba y otros, en cambio, le dieron el empujón definitivo. Esa era, en efecto, la rutina de Calamaro. O, mejor dicho, la del Calamaro de antes. Antes de «El regreso» y, claro, antes de «La lengua popular», álbum que se trae ahora entre manos y con el que ha conseguido convertir Barcelona en un acalorado infierno.
Estamos en Razzmatazz y el público, asardinado y felizmente licuado entre charquitos de sudor, jalea cada canción como una nueva cima, como un ochomil a punto de ser conquistado. No se anda con rodeos el argentino y, con su último trabajo convertido en convidado de piedra, bucea con insospechado vigor por una suerte de grandes éxitos en versión acorazada. Sobre el escenario, hasta cuatro guitarras se encargan de reforzar el perfil más rockero y enérgico del autor de «Clonazepán y circo». Hace calor, sí, pero puestos a rescatar viejas piezas de Los Rodríguez, Calamaro se decanta por «Mi enfermedad» -casi al principio- y «Canal 69» y «Sin documentos» -éstas ya en la recta final-.
Entre medias, un festín de calamarología con mucho calambre eléctrico, algún que otro receso tanguero, una barra libre de semiclásicos por la que se deslizan «Estadio Azteca», «Paloma», «Te quiero igual», «Loco», «Alta suciedad» y «El día de la mujer mundial» y, sobre todo, un Calamaro que, más cantante que nunca, abandona la guitarra para concentrarse en el pie de micro exhibiendo así sin escudos una vibrante segunda juventud.

