Jueves, 04-09-08
El pecado de pintar a los norteamericanos como una pandilla de tontos es muy europeo, pero es en España donde adquiere perfiles de vicio. Si uno escucha con asiduidad las tertulias de radio, corre el riesgo de acostarse convencido de que Estados Unidos es un país gobernado por Mickey Mouse.
A Reagan, uno de los grandes líderes del siglo XX, se le consideraba aquí un «dormilón» y se le adjetivaba siempre como «ex actor de serie B».
Una pizca de sensatez, señores. EE.UU. es la patria de Mickey, pero también la de Spielberg y Gates. Es la nación que alberga universidades como Columbia o Harvard, la que ha puesto astronautas en la Luna y la que el siglo pasado mandó en dos ocasiones a sus jóvenes soldados a través del Atlántico, para rescatar a Europa de la tiranía.
Digo esto para hablar bien de Sarah Palin. A menos que ocurra una tragedia, como fue el asesinato de Kennedy, el papel de vicepresidente es casi irrelevante. No lo es, paradójicamente, la elección del candidato al puesto. Se trata de la primera decisión de peso que toma el aspirante a la Casa Blanca y sirve a la ciudadana para hacerse una idea de cómo actuará cuando esté al mando.
Para «The New York Times» y muchos comentaristas españoles, enamorados de Obama e hinchas del Partido Demócrata, optar por la «inexperta» ha sido una «torpeza» del impulsivo de McCain, obsesionado por granjearse el apoyo de los poderosos grupos antiabortistas.
Vaticinan que al candidato republicano, que marcha 8 puntos detrás de Obama en la última encuesta de Gallup, le saldrá el tiro por la culata, una vez que se ha sabido que a la hija adolescente de Palin la ha dejado embarazada un novio imprudente.
No estoy yo tan seguro. McCain, que anda mucho peor de fondos que Obama, necesita como el agua que se movilicen de cara a noviembre los activistas republicanos de toda la vida y la audaz jugada le viene como anillo al dedo. Sarah Palin -basta repasar su biógrafa- es una mamá de hierro.