El huracán se acerca al lago Pontchartain en New Orleans
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Actualizado Martes, 02-09-08 a las 10:31
NUEVA YORK.
El huracán "Gustav" causó la muerte de siete personas a su paso hoy por Luisiana, según las autoridades del estado del sur de Estados Unidos.
En Baton Rouge, la capital del estado, dos personas murieron cuando un árbol se derrumbó sobre la casa en la que se habían refugiado después de escapar de aún más al sur. Otro hombre murió por las mismas causas al norte de Lafeyette.
Al mismo tiempo, cuatro pacientes de un hospicio murieron mientras esperaban ser evacuados por helicóptero al sur del estado.
A su paso por el Caribe, el fenómeno causó más de 60 muertos, la mayoría en Haití.
El «Gustav» llegó a Nueva Orleans con menos fuerza de la esperada. El huracán que ayer por la mañana tocó tierra en las costas de Luisiana, cerca de la población de Cocodrie -a unos 110 km. al suroeste de la ciudad mártir del «Katrina»- era un huracán de categoría 2 en la escala Saffir-Simpson, un grado menos que el día anterior y de lo que tenía el «Katrina» cuando en 2005 se cobró 1.600 vidas. Aun así, el «Gustav» seguía siendo capaz de generar vientos de 175 km por hora, de levantar olas de cerca de cinco metros y de provocar fuertes precipitaciones. Una dura prueba para una recuperación que aún se considera frágil.
Hasta 2011 no se esperaba tener acabadas las infraestructuras que debían poner fin a la vulnerabilidad crónica de la región frente a los huracanes. La clave es si, esta vez, los diques resistirán la embestida de las aguas sin romperse y sin inundar la ciudad, que es lo que hace tres años desencadenó el infierno. En el Centro de Vigilancia de Huracanes se vivía ayer un tenso optimismo, mezcla de miedo y de confianza. Motivos para la esperanza eran el debilitamiento de la tormenta y la perspectiva de que ésta descargara el grueso de su ira al oeste de la ciudad, tocandola sólo de refilón. Aun así, el espectáculo de las costas y las autopistas barridas por el viento y por las aguas resultaba estremecedor, así como el dato de que 434.000 casas se quedaron sin suministro eléctrico, 114.000 de ellas en Nueva Orleans.
Prevenir la hecatombe
Pero el principal motivo para la angustia era ver las olas pasar por encima del Canal Industrial de Nueva Orleans, el gran talón de Aquiles de la ciudad. De si los canales aguantan o no aguantan depende todo. Una complicación añadida es que dos navíos de la Armada y posiblemente una barcaza se desprendieron de sus amarras y quedaron a merced de las aguas embravecidas. El repetido choque de estos barcos contra las paredes de los canales incrementa las posibilidades de que cedan.
Si los canales ceden, se han tomado todas las medidas humanamente posibles para prevenir otra hecatombe. Ayer, sólo unos 10.000 irreductibles seguían en sus casas en Nueva Orleans -llenas de armas y de comida y fortificadas con sacos de arena- después de una masiva evacuación que despobló la ciudad y sacó a dos millones de personas de Luisiana. Para lograrlo, se movilizaron operativos espectaculares que incluían refugios de animales para mascotas y traslado de enfermos a centros hospitalarios a resguardo de la tormenta.
Tres de estos enfermos fallecieron durante el traslado, uno de ellos por haber firmado un documento renunciando expresamente a toda técnica de resucitación, explicó el alcalde de Nueva Orleans, Ray Nagin.
Hacer piña
Ray Nagin no ha dudado en meter miedo a sus conciudadanos utilizando el lenguaje más dantesco posible para describir el peligro, rozando en ocasiones incluso lo peliculero. «Ahora tenemos el doble de policías y de guardias nacionales que teníamos en 2005, con lo cual pillaremos a todo aquel que se dedique al saqueo, que irá directo a la cárcel de Angola», advirtió.
Nagin no se refería a una fantasmal cárcel africana sino a una penitenciaría de la zona cuyo mero nombre, parece, debería resultar lo bastante disuasorio. Otra cosa, apuntaba ayer «The New York Times», es cómo piensa el alcalde saltarse todas las leyes en vigor para encarcelar a los delincuentes sin necesidad de juicio.
Por lo demás, ayer no era momento de sarcasmos ni de discrepancias. Bajo la alargada y dolorosa sombra del «Katrina», que tantas críticas ha provocado, los Estados Unidos hacían piña para conjurar la catástrofe. Los demócratas siguieron con la campaña, aunque mantuvieron un respetuoso silencio responsable. La convención nacional republicana convocada en Saint Paul-Minneapolis para nominar oficialmente a John McCain candidato a la presidencia seguía reducida a la mínima expresión, con el presidente George W. Bush excusando su asistencia para desplazarse en cambio a Austin (Texas) a seguir de cerca la evolución del «Gustav».
Un suceso «muy grave»
Bush encabezó la ofensiva pública para reclamar que nadie baje la guardia ni cante victoria sólo porque los primeros compases del huracán hayan sido menos virulentos de lo esperado. «La tormenta y el peligro todavía tienen que pasar. Este es un suceso muy grave», advirtió, a la vez que se congratulaba de que «estamos mucho mejor coordinados para hacerle frente» que hace tres años.
Era todo un reto alternar los mensajes positivos con los negativos. En 2005 la aplicación estricta de las competencias estatales y federales enfrentó a Nueva Orleans al «sálvese quien pueda», con el agravante de una población masivamente indigente o socialmente muy frágil, habitando a veces en caravanas que una tormenta como ésta lanza por los aires como enormes proyectiles. Eso es lo que nadie soportaría que volviese a ocurrir ahora. También hay propósito de enmienda respecto a la actitud: aun a riesgo de asustar a la población, el presidente huye como de la peste de parecer demasiado tranquilo o despreocupado.



