Jueves, 28-08-08
EUROPA es un lujo que, mientras podamos pagarlo, convierte al Continente, tan cansado como fecundo, en un despilfarro que admiran desde otras latitudes y que nos ofrece a sus pobladores, todos inequívocamente ciudadanos, unas condiciones de vida imposibles en el resto del mundo. La Unión Europea, como los niños ricos y consentidos, tiene de todo. Hasta una oficina estadística, el Eurostat, que cuenta con un director general, siete directores y un número elevado de funcionarios que, como todos los de la Unión, entran en la tabla de los paniaguados. Gracias al Eurostat sabemos que nos estamos haciendo viejos. Un cartujo nos lo hubiera dicho gratis -memento, homo, quia pulvis es et in pulveran reverteris-; pero la ventaja de estas organizaciones supranacionales es que nos cuestan un pico y eso, en el disparate en que hemos decidido sumergirnos, aporta prestigio, insufla certeza y merece la atención y el respeto del personal.
Aquellos de ustedes que, estadísticamente, tengan posibilidad de estar vivos en el año 2060 debieran empezar a preocuparse. Medio siglo es poco más que un suspiro y, según los sabios de la estadística europea, para entonces habrá en España 6 personas mayores de 65 años por cada 10 en edad activa. Así será salvo error, omisión, guerra nuclear, catástrofes telúricas, epidemias mortíferas o asfixias ambientales. En el resto de la Unión, en vez de 6 serán 5 los mayores de 65 años por cada diez activos y eso, en lo que cabe, es una buena noticia. En España, los mayores debemos parecerles rozagantes al resto de los carcamales del -nunca con más propiedad- Viejo Continente.
Suponiendo que, para esas fechas, continúen en el Gobierno de España los compañeros de José Luis Rodríguez Zapatero -¡cualquier catástrofe imaginable es posible!-, sería bueno saber cómo tratarán de financiar la Ley de Dependencia, ese gesto demagógico e insostenible que se marcó, a mayor grandeza de su propia imagen, el líder socialista. La prospectiva sólo tiene una razón de ser. Anticipar lo que se nos viene encima carece de sentido si no es para tomar las medidas adecuadas y obrar en consecuencia. No parece que sea ese nuestro caso. De ahí que, al margen de la pugna partidista, debiera estudiarse concienzudamente el sostenimiento de todos nuestros sistemas asistenciales.
Dentro de sólo 25 años, cuando cumplan 65 los nacidos en los años setenta del siglo XX, ya serán una cuarta parte de la población los jubilados de pleno derecho a los que habrá que añadir los anticipados resultantes de las regulaciones de empleo y de otros inventos que pueden ir imponiendo las circunstancias. Ya que tienen en Luxemburgo la poderosa bola de cristal que maneja Eurostat, parece razonable ir obrando en consecuencia. Para ello hace falta entender que, al margen de los que se derivan del Titulo VIII de la Constitución, tenemos en España otros problemas.

