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Miércoles, 27-08-08
PARA celebrar su ingreso en la Real Academia Gallega, sus compañeros en la redacción de Radio Madrid, encabezados en aquellos primeros años sesenta por Juan Sampelayo, le ofrecimos un almuerzo al varias veces maestro Álvaro Cunqueiro. Se celebró en «Torres Bermejas», un tablao flamenco muy cercano, antes de que nacieran sus famosos garbanzos de plata y Pepín Fernández, el amo de Galerías Preciados, nos mandó una corbata a cada uno de los asistentes. En aquella legendaria redacción las máquinas de escribir eran escasas y las mujeres inexistentes. Había que asomarse al pasillo para ver una y, con gran probabilidad, era parte del cuadro de actores.
A Cunqueiro, especialmente fuera de Galicia, se le está olvidando con demasiadas prisas y eso no es sabio. En el homenaje que me viene a la memoria ya nos dijo, y se le saltaron las lágrimas a Hermógenes Sáenz y a Enrique Gil de la Vega, Gilera, que había dispuesto, para que luciese en su sepultura, un epitafio que reza: «Eiqui xaz alguén, que coa súa obra, fixo que Galicia durase mil primaveras máis». Aquí yace alguien que, con su obra, hizo que Galicia durase mil primaveras más. Pasado el tiempo, creo que se quedó corto. No solo por su genialidad creadora Galicia durará mil primaveras más; sino que su pasado, entre su manejo de la historia, la leyenda, la imaginación y hasta la superchería creció en otras mil.
¿Cuántas primaveras le añadirán a Galicia, si es que no le restan ninguna, Emilio Pérez Touriño o Alberto Núñez Feijoo? Aportarle sustancia y molla a los guisos colectivos no es cosa sencilla y, por lo que llevamos visto y a lo que la tierra gallega se refiere, parece más eficaz hacerlo desde fuera que desde dentro de la política. Ya en vísperas electorales, ¿cuál es, sin retórica ni subterfugios, el proyecto gallego que, por encima de la mera ocupación del poder, manejan los dos grandes partidos españoles? La previsión fatídica de que el BNG, desde su inevitable minoría, marcará las mayorías efectivas enflaquece el espíritu del PSOE y del PP. Núñez Feijoo, que perderá escaños con respecto a su situación actual, tiene, aún siendo de Orense, las mismas posibilidades que tengo yo, que solo soy de La Coruña y no pertenezco a partido alguno, de llegar a la presidencia de la Xunta. No es que esa sea la expresada voluntad de los gallegos, sino lo que marca un absurdo sistema electoral que, quizás por absurdo, defienden con pasión los partidos en presencia.
Galicia, en donde Mariano Rajoy, aunque no se presente, se juega su futuro necesita impulso. Líderes que le aporten primaveras como hizo con palabras y leyendas, sabores e historias, el llorado Cunqueiro. Galicia se empobrece y distancia de la media nacional en los distintos parámetros en que se mide la riqueza. Es, un poco, el gran fracaso de los pasados gobiernos del PP, la ineficacia presente y, un mucho, la fiebre demoledora del nacionalismo.
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