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Actualizado Viernes, 22-08-08 a las 10:38
Alos defensores del placer de leer les pasa inadvertido que el suyo es un discurso fallido. Hagan el favor de abandonar la filfa laudatoria de siempre -que si vivir otras vidas, que si evadirse del menú del día- y empiecen a proclamar que leer reduce el colesterol y los triglicéridos. No se trata de urdir un engaño, pero se hace imperiosa una transacción con el espíritu de nuestro tiempo. No propugnen la lectura como divertimento, sino como antioxidante; no insistan en la singularidad del acto de leer, digan que adelgaza. En suma, no vendan libros, sino biblioterapia. Sólo una campaña así puede devolver a la lectura su prestigio.
Evidencias del poder curativo de la palabra -oral o escrita- no van a faltar. Los primeros indicios se encuentran en Homero y desde entonces ha sido un no parar: el bífidus, por más que se empeñe, no puede competir con la prosapia del ensalmo. Sólo hay que pedir a los consumidores que su obstinada superstición se vuelque en las propiedades terapéuticas de la lectura y no en las del omega 3. Y si las autoridades sanitarias dan un empujoncito y autorizan la impresión de una leyenda en los libros, todo irá miel sobre hojuelas: «La lectura tiene propiedades analgésicas», por ejemplo. Y de nuevo, el argumento de autoridad, unamuniana en este caso: «Leer, leer, leer, / el alma olvida las cosas que pasaron».
Si los editores y los libreros se decidieran a tan audaz remozado de la imagen del libro, servidora se ofrecería para un anuncio-testimonio. Tal como a Ana Duato le apañan las pastas Gallo, yo explicaría que este verano he combatido la nostalgia de Montero Glez leyendo su última novela. Cuando en la soledad de esta sombrilla he añorado el regusto sabrosón de nuestras agarradas -literarias, entiéndase-, me he transfundido a borbotones los calambrazos de su prosa, porque «Pólvora negra» es un electroshock contra la amnesia. Y así he tirado.
A partir de cierta edad, uno ya sabe quién le consuela. Un bañista me contó que cuando sufre un desengaño, vuelve a Salinas: «No quiero que te vayas, dolor, última forma de amar». Yo le desaconsejé el victimismo pero, sin duda, ha sido mi rescate más frustrado. Otra me explicó que cuando rompe con un novio se abalanza desesperada sobre «Así que pasen cinco años»: «Guardaba los dulces para comerlos después» (no hallé explicación a su caso en mi manual de primeros auxilios), y como no ha tenido suerte con los hombres, se sabe de memoria hasta «me duelen las heridas que los niños me hicieron en la espalda». No me pregunten qué bálsamo pueda ser ese diálogo surrealista. Los buenos lectores son cisnes tenebrosos, como decía Borges, aunque esto convendría obviarlo en la campaña. Y de Don Quijote, por supuesto, ni media palabra.

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