
Jueves, 21-08-08
Más de 350 personas, con el insoportable peso de la incertidumbre, fueron llegando ayer al Aeropuerto de Gran Canaria, una vez que se supo la noticia del accidente del vuelo JK 5022 de Spanair al despegar en el Aeropuerto de Barajas. Subían las escaleras apoyándose hombro contra hombro, abrazados unos a otros, con lágrimas en los ojos.
En la primera planta, cerca de la capilla, se les daba la atención que requería la circunstancia. Un total de 60 personas, muchos de ellos psicólogos especialistas en gestionar las emociones ante una situación de extremo nerviosismo como la que se vivía en Gando trataban de poner algo de calma.
«En los móviles no contesta nadie». No lo dijo uno sino muchos de los familiares de los pasajeros del avión de Spanair, que desde la isla intentaban, sin éxito, contactar con Madrid. María Asunción Cabrera era, por contra, de las pocas que había conseguido que una voz respondiera del otro lado del teléfono. «Me han dicho que están bien, que los dos niños están bien», decía sin poder salir del inevitable estado de tensión.
Las horas transcurrían y las noticias no llegaban. El no saber quiénes o cuántos eran los accidentados era la clave para entender el clima que se vivía en el aeropuerto. El personal de Spanair recibía a los familiares y amigos que llegaban con dos mensajes: «Habrá un avión para todos aquellos que quieran desplazarse a Madrid» y «en caso de haber novedades, las van a conocer al minuto, estén en la isla, en Madrid o en su casa».
Mientras tanto, acudían, para «estar al lado de la gente», como coincidieron muchos en decir, gran número de autoridades políticas. El vicepresidente del Gobierno regional, José Manuel Soria, y la delegada del Gobierno, Carolina Darias, estuvieron entre los primeros de una larga lista. A nadie escapó el hecho de que había al menos un político en ese vuelo, un concejal del Ayuntamiento grancanario de San Bartolomé de Tirajana, Laudencio García, que volvía con su familia de vacaciones.
El presidente de Canarias, Paulino Rivero, reprochaba a Spanair la manera en que gestionó la crisis, por haber facilitado «muy escasa información» a los allegados. El jefe del Ejecutivo criticó duramente que «la máquina que les contesta en el teléfono no suple las palabras de aliento que necesitan en este momento».
«Los iban a cambiar a otro avión»
Entre el grupo de familiares, una señora de unos 70 años quería que la escuchasen. Desatendió las recomendaciones de los médicos y salió a los pasillos del aeropuerto para descargarse con quien se le pusiera por delante. Visiblemente conmovida, no dejaba de repetir que nadie le cogía la llamada del móvil.
«Se habían ido de vacaciones, mi nieto, Marcos, y su novia», relataba. Él es de Vecindario y ella, de Telde. «Marcos es músico, pero no habían ido por trabajo, sino a descansar. Me llamó por el móvil desde el avión, me dijo que habían dado la vuelta, que el avión había retrocedido desde la pista y que les anunciaron que los iban a cambiar a otro avión, por lo que se imaginaba que volverían a tierra», relataba María Jesús Pérez, acomodándose al dolor y lamentando que le hubieran aconsejado -«por mi salud delicada»- que no viajase a Madrid.
Mientras tanto, el ir y venir constante de familiares y amigos no cesaba. Por aquí, una pareja de mediana edad, que trataba de mantener la compostura; por allí una chica morena, muy alta, que no podía contener las lágrimas y salía fuera del edificio a fumar un cigarrillo.
La zona habilitada para recibir a las personas afectadas recibía las visitas constantes de los médicos y paramédicos del Servicio de Urgencias Canario y de la Cruz Roja. Quienes salían fuera del recinto contaban el trabajo que estaban haciendo para «contener a esas personas que se encuentran en un estado agudo de shock». Habían pasado ya más de seis horas, pero seguía sin saberse cuántos y quiénes de los canarios o residentes en las Islas habían muerto en el peor accidente aéreo de los últimos tiempos.

