
Miércoles, 20-08-08
El momento quedará para la historia de los Juegos. Su protagonista es un hombretón barbudo de 146 kilos, tan emocionado que no sabe si reír o llorar y hace ambas cosas a la vez. Está en lo más alto del podio olímpico, con una medalla de oro colgada al pecho, y sostiene un ramo de flores y la fotografía de una chica morena que sonríe a la cámara. Un escalón por debajo de él, su gran rival en la competición de los pesos pesados de la halterofilia, el ruso Evgeny Chigishev, le pregunta quién es. Matthias Steiner le explica que se llamaba Susann y que era su mujer. E imitando el movimiento de unos brazos al volante, le informa de que el año pasado se mató en un accidente de coche. Chigishev hace un gesto de sorpresa y de lamento.
Estaba en juego el trono donde sólo puede sentarse el hombre más fuerte del mundo. Ausente el gran favorito -el iraní Hossein Rezazadeh-, todos los pronósticos para el título señalaban a dos levantadores: el letón Viktors Scerbatihs y el siberiano Evgeny Chigishev.
Al subcampeón olímpico de Atenas, que ejerce como diputado de los Verdes en el parlamento de su país, se le presentaba la gran oportunidad de su vida. Su señoría Scerbatihs no podía fallar. Chigishev tampoco quería hacerlo. Y todos sus rivales sabían que, cuando el poderosísimo haltera de Novokuznetsk se empeña en algo, acostumbra a conseguirlo. Su capacidad de superación es bien conocida. Y no sólo con las pesas. Hace siete años, mientras celebraba en su pueblo la Nochevieja, fue atacado a la salida de un bar por un grupo de ladrones. Al amigo que lo acompañaba lo asesinaron y él quedó gravemente herido con puñaladas en la espalda y los brazos. Su carrera parecía acabada, pero Chigishev volvió a la competición al cabo de año y medio.
Luego estaba Steiner. El bronce parecía su destino. No estaba mal. En Atenas había sido séptimo. Sólo sus amigos sabían que Matthias tenía otro objetivo mucho más ambicioso que el tercer puesto. Susann y él sólo llevaban dos años casados y habían hecho juntos muchos planes para Pekín. Ella vendría a verle a los Juegos y luego harían un poco de turismo por China. Incluso abrieron una cuenta de ahorro para que ella pudiera pagarse los vuelos y la estancia.
Desde la muerte de Susann, Matthias se había volcado en la halterofilia de un modo obsesivo. Su regreso a la competición internacional en el último campeonato de Europa fue espectacular. Nacido en Viena, Steiner había tenido que estar tres años sin competir porque dejó su país natal tras un conflicto con la Federación Austriaca y tuvo que esperar todo ese tiempo hasta recibir la nacionalidad alemana. Cuando se la concedieron, por cierto, lo primero que hizo fue visitar la tumba de su mujer. «Quería que ella fuese la primera en saberlo», declaró entonces. Su actuación en Lignano (Italia) después de tan larga ausencia causó asombro. Nadie contaba con su victoria. Matthias Steiner había sufrido una transformación. Parecía mucho más fuerte que antes.
La competición de más de 105 kilos había transcurrido con la emoción que se esperaba. Aunque el ucraniano Artem Udachyn fue de los mejores en arrancada, nada más comenzar los dos tiempos quedó claro que la medalla de oro sería una lucha cerrada entre el joven viudo alemán, el superviviente siberiano y el diputado letón. Chigishev parecía el más fuerte. En arrancada levantó 210 kilos y se puso al frente de la clasificación. Scerbatihs se había quedado en 206 y Steiner, en 203.
Después de que Chigishev levantara 247 kilos, Scerbatihs dejó pasar su segunda alzada. Prefirió descansar, esperar a ver lo que levantaba el ruso en la última y jugarse luego el todo por el todo. Steiner, que había enmendado su error sobre 246 levantando 248, decidió hacer lo mismo que el letón.
Evgeny Chigishev tomó entonces una decisión que le atormentará mucho tiempo. No quiso arriesgar y pidió 250 kilos. Estaba convencido de que, con los cuatro kilos de ventaja que traía de la arrancada, ese peso le valdría el oro. Lo alzó. En ese momento, pensaba que el oro era suyo. El subcampeón olímpico de Atenas pidió entonces 257 kilos, un peso formidable, a sólo seis del récord del mundo en posesión de Rezazadeh. Con ellos superaría al ruso y dejaría sin opciones a Steiner, que había pedido 258 para su último intento. Scerbatihs lo intentó... y no pudo.
Quedaba sólo un intento. El de Steiner. En vestuarios, Chigishev se abrazaba a sus técnicos. Parecía impensable que el vienés les arrebatara el título. 258 kilos eran una enormidad. ¿Y acaso no había hecho un nulo sobre 246? Pasaban cinco minutos de las ocho de la tarde en Pekín cuando Matthias Steiner salió a la plataforma como un toro. Se agachó sobre la barra, la agarró y cerró los ojos.
Quizá entonces sólo pensara en el golpe brutal de riñones que le esperaba, en dejar la mente en blanco y concentrarse en irradiar todo la fuerza posible a cada músculo de su cuerpo. O quizás en ese instante tuviera un pensamiento para Susann y la escuchara allá lejos dándole ánimos. Sólo lo sabe él. El caso es que Matthias Steiner levantó la mole. El hombre más fuerte del mundo cayó entonces sobre la pesas llorando de emoción. No sabía lo que hacer. Gritó, lloró, rió, abrazó a sus entrenadores y saludó al público, antes de retirarse a los vestuarios. Había que prepararse para la ceremonia.



