Viernes, 15-08-08
El mar se ahoga. Cada vez hay más «zonas muertas» marinas, extensiones oceánicas en las que los niveles de oxígeno han descendido tanto que ya no queda horizonte para la vida. Esta retrocede, acorralada por aguas asesinas que en estos momentos ya suman la extensión de Nueva Zelanda. Las consecuencias ecológicas pueden ser irreversibles si no se ataja el problema antes de diez o veinte años.
El nombre científico del problema es hipoxia marina. La revista «Science» publica esta semana un estudio sobre la hipoxia marina donde han colaborado investigadores norteamericanos y suecos. Entre los primeros destaca Robert Díaz, profesor del Instituto de Ciencias Marinas de la Universidad William and Mary de Virginia. Con su cálido acento español explica a ABC que el ahogo de los mares viene siendo alarmante desde los años sesenta, aunque él no se enteró hasta los años ochenta. «Yo empecé haciendo estudios en la bahía de Chesapeake (el mayor estuario de los Estados Unidos, entre Virginia y Maryland), y nos extrañó mucho ver que había puntos de la bahía sin animales en el fondo, prácticamente sin vida; era estremecedor», recuerda. También recuerda lo estremecedor que fue empezar a medir los índices de oxígeno y encontrárselos bajo mínimos.
Pronto se dieron cuenta de que el problema no se limitaba a la bahía de Chesapeake. Si a comienzos del siglo XX sólo había cuatro zonas de «mar muerto» en el mundo, a mediados de los años sesenta ya había 49, que se habían convertido en 87 en los años setenta, y en 162 en los ochenta. Desde entonces la progresión no ha decrecido. En 1995 ya había 305 burbujas inertes en las aguas cercanas a las costas en todo el mundo. En estos momentos se estima que hay 405, y que entre todas suman 245.000 kilómetros cuadrados, casi como la superficie de Nueva Zelanda.
La hipoxia marina no es constante. En la mayoría de los casos es un fenómeno estacional, acotado a los meses de verano. Pero si no se ataja es fácil que devenga permanente y en todo caso sus efectos sí lo son: a un ecosistema marino le puede llevar diez años recuperarse de la pérdida de oxígeno, y muy raramente la recuperación es plena. Cuando vuelve a haber vida, está enrarecida, con las especies afectadas y debilitadas. El daño está hecho.
Actividad humana
¿Pero qué daño y cómo? Pues el peligro viene de una actividad humana tan aparentemente inocente como la agricultura. El vertido al mar de fertilizantes agrarios ricos en nitrógeno y en fósforos, más la quema exacerbada de biofósiles, envenena hoy en día el mar tanto o más que las agresivas plantas industriales del pasado.
A preguntas de ABC, Robert Díaz no deja de resaltar la ironía de que cuando la contaminación industrial decrece aumente la del campo. El nitrógeno y el fósforo volcados al mar no sólo perjudican a las especies «habituales» sino que dan alas a bacterias del fondo marino, cuyo desarrollo devora todo el oxígeno disponible.
Una vez más, «chapeau» por las bacterias, esas privilegiadas darwinianas que parecen ser las únicas capaces de adaptarse a entornos cambiantes a una horrible velocidad. «Yo estoy seguro de que las bacterias ganarán al final la batalla por la vida en este planeta», musita el profesor Díaz. Pero por supuesto eso no significa tirar aquí y ahora el yelmo y el escudo y dejarles el campo libre. El éxito de estas bacterias es el fracaso de la Humanidad.
Cuando ellas se apoderan del oxígeno el mar deviene una trampa mortal. Los peces y organismos superiores tienen que huir a otras aguas que en principio no eran las más adecuadas, lo que les estresa y provoca mutaciones desagradables, cuando no afecciones que pueden convertir una especie entera en inservible para el consumo humano. Sucedió en su día con las langostas noruegas, y está sucediendo ahora con algunas variedades de la lubina atlántica.
Peor destino corren los organismos que no pueden huir, los gusanos, almejas y pequeños crustáceos que perecen a millones. Dejando sin alimento a los peces, que si volvieran se encontrarían sin comida. Con lo cual el ciclo maldito no para de aumentar.
El primer reto ecológico
Se lamenta el profesor Díaz de que las autoridades no presten nunca la debida atención al fenómeno hasta que surgen alarmas sanitarias o alimentarias, cuando por lo general es cuando ya es demasiado tarde. Combinada con los efectos del calentamiento global, que ayudan precisamente a minimizar el problema, la hipoxia marina constituye hoy en día el reto ecológico número uno de los mares.
Y lo más paradójico es que no debería ser tan difícil encontrar una solución. «Sobre el papel es sencillo», asegura Díaz, «e incluso conveniente para los mismos agricultores, a los que no creo que les haga ni pizca de gracia que buena parte del dinero que se gastan en fertilizar sus tierras vaya a parar al mar».
El profesor propone estudiar barreras naturales entre la tierra y el mar pero también ensayar otro tipo de cultivos que no requieran tanto nitrógeno ni fósforo. El maíz -enormemente extendido en América- es un villano natural en este sentido; sería más sensato priorizar el trigo y las legumbres.
Alerta en el Mediterráneo
¿Como en el Mediterráneo? El profesor Díaz nos dice que él no quiere ser alarmista pero que por favor nos pongamos las pilas rápido: denuncia que el Mediterráneo es uno de los mares menos vigilados y documentados desde el punto de vista de la hipoxia marina. «Tenemos muchos estudios sistemáticos de las costas del norte de Europa y muy pocos de las del sur», lamenta, y eso que particularmente la vertiente africana del Mare Nostrum es muy sospechosa de estar en alerta roja.
«No hay tiempo que perder», advierte, «porque, aunque no es realista pretender volver a los niveles de oxígeno preindustriales, debemos luchar por romper esta tendencia de que las zonas muertas se doblan cada década; es que a este paso, en diez o veinte años no va a quedar nada».

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