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Jueves, 14-08-08
La imagen estremece. El cadáver del camarógrafo holandés aparece en el centro de la foto, desmadejado en el maletero del coche y a su lado, uno de sus colegas, salpicado de sangre, lo abraza, con esa desesperación que se adueña de los reporteros de guerra cuando descubren que los mutilados, los heridos, los ciegos y los muertos también pueden ser ellos.
Por duro que suene, la vida de los cinco periodistas y las de los miles de ciudadanos destripados en Georgia, hay que ponerlas en el debe de los civilizados, opulentos y siempre correctos políticos occidentales.
El único que se ha atrevido hasta ahora a decirlo aquí ha sido Antonio Pérez Henares, quien se pregunta en su blog por qué lo que está bien para Kosovo, no vale para Osetia.
Es la primera vez, desde el desmoronamiento de la URSS, que los rusos imponen militarmente una solución fuera de su territorio, pasándose por la entrepierna los patéticos consejos de EE.UU. y sus aliados europeos, incapaces de mover un dedo para auxiliar a su protegido georgiano.
Quien quiera engañarse puede intentar explicar la operación bélica apelando a ese viejo aforismo eslavo según el cual Rusia sólo puede tener en sus fronteras enemigos o vasallos.
Claro que la paranoia del KGB, de cuyas filas emergieron quienes mandan en el Kremlin, combinada con la personalidad de Putin, el elevado precio del petróleo y el recuerdo de las humillaciones sufridas en los 90, ayuda a entender la ferocidad del ataque, pero fue la decisión de EE.UU. y la Unión Europea de reconocer a Kosovo, lo que pavimentó el camino de los blindados rusos hacia Tsjinvali.
El pecado original en esta tragedia, la insensatez criminal, lo cometió Occidente el pasado febrero, al aceptar que se desgajara de Serbia su sexta provincia, argumentado que la mayoría de sus habitantes -de origen albanés- no querían depender de los serbios de Belgrado. Lo mismo que les pasa a los ciudadanos de origen ruso de Abjasia u Osetia, tampoco desean ser gobernados por los georgianos de Tbilisi.

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