En un extremo, el norteamericano Chuck Palahniuk, autor de «El club de la lucha»; en el otro, el polémico escritor francés Michel Houellebecq, y en el centro, a medio camino de ambos, el superventas italiano Alessandro Baricco. Esta relación imaginaria de tres escritores de naturaleza diferente viene a colación por los diferentes motivos que han provocado la presencia de los tres, en días distintos, en el certamen cinematográfico de Locarno. Habitualmente la relación de un escritor con el cine es indirecta, a partir de la adaptación que se hace de una obra suya, caso de Chuck Palahniuk, que ha venido a presentar el filme «Choke», de Clark Gregg, sobre su novela «Asfixia»; también puede darse que sea el propio director el que haya adaptado una obra propia, caso de Michel Houellebecq, que ha debutado como director de largometrajes realizando la versión cinematográfica de su última novela, «La posibilidad de una isla»; pero ya lo que es más difícil es que sea un escritor, sin nada que ver con el cine, el que se apunte a dirigir una historia totalmente original, como Alessandro Baricco y su «Lezione 21», imaginativo filme presentado ayer en Locarno en estreno mundial con Leonor Watling como una de las protagonistas.
Así, «Lezione 21» nace de una historia propia con la creación y estreno de la Novena Sinfonía de Beethoven como motivo central, tema ya utilizado por Agnieszka Holland en la excelente «Copying Beethoven», con Ed Harris en el papel del genio sordo. Sin embargo, en la propuesta de Baricco, el compositor alemán no aparece más que de espaldas y unos pocos segundos. La figura central es el profesor Mondrian Kilroy, personaje que ya aparecía en la novela de Baricco «City». Kilroy, interpretado por un excelente John Hurt, es un profesor excéntrico encaprichado en desmontar las grandes obras maestras de la cultura occidental en una serie de lecciones magistrales, de las cuales la más célebre es la número 21, centrada en dicha sinfonía. La película es esa lección mostrada de una manera novedosa: por una parte, el relato de la alumna favorita del profesor, dulcemente encarnada por Leonor Watling; por otra, una suerte de documental televisivo en la que hablan personajes de la época; y por último, un cuento sito en un pueblo mágico y surrealista.
Hurt, desnudo emocional
El resultado final, de innegable ingenio, sufre ligeramente de verbosidad y repetición. Sin embargo, tiene escenas de gran belleza, y hay una concretamente, aquélla en la que un soberbio John Hurt se desnuda emocionalmente ante su alumna, por la que ya merece ser vista la película. Más difícil y pesada es «La posibilidad de una isla», coproducción entre Francia, Bélgica, Alemania y España, protagonizada por el francés Benoit Magimel y rodada, entre otros lugares, en la alicantina Ciudad de la Luz y en la isla de Lanzarote. Cuenta con el catalán Jordi Dauder en un papel secundario. Magimel interpreta a un joven criado en una secta que cree que la inmortalidad es posible a través de la ciencia. Si bien Houellebecq es capaz de sacarle gran partido al bello paisaje desértico con el que cuenta, la película se lastra por la gran dependencia que tiene del texto original y por la inclusión puntual de alguna escena de vergüenza ajena. Por su parte, Chuck Palahniuk ha encontrado un buen adaptador en Clark Gregg, actor que debuta en la dirección con «Choke». Gregg ha sabido traducir en imágenes el mundo delirante de Palahniuk, un escritor incapaz de ver la belleza en un árbol sin antes describir un nido de orugas en la copa o las grietas de la corteza.