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Domingo, 10-08-08
ALLÁ por donde tienden a encontrarse, o desencontrarse, Burgos, La Rioja y Soria, en el pueblo de Huerta del Rey, en plena sierra de la Demanda, se celebró ayer el I Encuentro Internacional de Nombres Raros. Para quienes tuvimos una tía carnal llamada Eudoxia y no nos faltan parientes pasados inscritos en el Registro Civil como Diógenes, Muscio Scévola o Cirilo, no queda claro lo que es un «nombre raro» -¿Carlos Luis, Alberto Antonio, Borja José...?-; pero está muy bien que la gente se reúna y comparta unos vinos y unos chorizos a la brasa para celebrar que se llaman Onesíforo o Canuta. El santoral es tan largo como caprichoso y la virtud no parece entender la existencia de una estética del nombre. Se puede llegar a santa llamándose Burgundófora o irse al infierno de cabeza con un José Luis en la línea correspondiente del DNI.
Raro, lo que se dice raro, absolutamente estrafalario es llamarse Miguel Sebastián y, diciéndose ministro de Industria, viajar a Pekín, donde nada se le ha perdido y poco afecta a sus competencias, y dejar vacío, aunque estemos en agosto, un despacho del que, por poca fe que se tenga en el Gobierno, debieran salir soluciones -apaños como mínimo- a una crisis asustante que, de momento, nos cuesta más de mil parados nuevos cada día. Sebastián es, sin abandonar su irresponsable rareza, un caso típico de ministro encantado de serlo. Cuando está en Madrid, la ciudad que no le quiso como alcalde, viaja en Metro, para que se le vea y presumir de proletario y, de paso, costarnos un pico en seguridad y escoltas. Recuerda aquel bobalicón ministro de Franco -¡vuelven a sonar gaitas en Meirás!- que pidió un carné que le acreditara como miembro del Gobierno para entrar sin problemas, y sin pagar, en donde le guiaran sus caprichos.
Mucho más raro que llamarse Sindulfo, lo que da licencia para acudir a Huerta del Rey, es regalar unas bombillas de bajo consumo, que previamente hemos pagado con nuestros impuestos, para aliviar la carestía energética. O ser conocido como Celestino Corbacho y, en la titularidad de Trabajo, el más dramático de los ministerios cuando pintan bastos, seguir hablando como un sindicalista anacrónico. Magdalena Álvarez, ministra de Fomento y, por ello, una de las esquinas de la crisis, no es rara. Es la rareza, pero debe amenizar con su desparpajo las sesiones del Consejo y ahí sigue, en su indemostrable eficacia pregonada.
Los más arriba citados, más Beatriz Corredor, ministra de Vivienda -¡lo juro!-, se reunirán este próximo miércoles con Pedro Solbes y José Luis Rodríguez Zapatero, a quienes la costumbre de verles y oírles les ha mermado la rareza, para, juntos y con solo un año de retraso, analizar la situación y tratar de tapar sus agujeros más acuciantes; pero, que no se alarme nadie, una vez cubiertas las apariencias retomarán las vacaciones. También la siesta del carnero se duerme antes de comer.

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