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Sábado, 09-08-08
HE seguido con creciente interés el extraño caso de ese Pascal Henry, más conocido como el «gourmet suizo», desaparecido misteriosamente después de embaularse -sin pagar- una cena en el restaurante «El Bulli». A Henry la prensa al principio lo presentó como una suerte de sibarita que se había propuesto catar la comida de los restaurantes condecorados con tres estrellas por la guía Michelín; empresa pantagruélica que luego pensaba registrar en un libro. Poco a poco, sin embargo, fueron apareciendo datos biográficos sobre el desvanecido gourmet que rectificaban esta primera caracterización: al parecer, Henry era un mensaca con delirios megalómanos que, con las propinillas reunidas en su empleo de repartidor de paquetes, se había querido dar este homenaje gástrico o meramente hortera. Finalmente, ayer trepaba a los titulares una noticia que dejaba reducido a Henry a la categoría de gorrón: mientras los mossos peinaban las zonas montañosas lindantes con el restaurante de Ferran Adrià, la Interpol anunciaba que Henry había sido registrado hasta en cinco ocasiones por las cámaras de seguridad de un cajero automático en Ginebra, mientras sacaba dinero.
Decía Borges que la solución del misterio es siempre inferior al misterio. Y aquella desaparición misteriosa que los periódicos nos habían presentado como un extraño caso que no hubiese desdeñado resolver Hércules Poirot quedaba reducida a picaresca de farsante. Pero quienes nos resistimos a acatar las soluciones mostrencas no aceptamos que Pascal Henry fuese un mero gorrón. Algunos detalles de su desaparición delatan una psicología compleja: así, por ejemplo, que al ausentarse del restaurante eligiese como disculpa su deseo de ofrecer al dueño su tarjeta de visita, que habría olvidado en la guantera del coche; o que dejase sobre la mesa, como prueba de que pensaba volver, una libreta en la que anotaba los menús de los restaurantes visitados en su periplo gastronómico, además de su sombrero. Un tipo que en pleno mes de junio calza sombrero no puede ser un vulgar gorrón; tal vez sea un gorrón, pero desde luego tiene que serlo como aquellos gorrones elegantes y refinadísimos que interpretaba Charles Boyer. Aunque, si hemos de aceptar una solución al misterio que no sea de índole sobrenatural, yo prefiero imaginar que Henry era más bien un cachondo que había elegido como diana de sus mofas cierto papanatismo esnob que ha convertido a determinados cocineros en deidades contemporáneas. Cuando nos referimos a los suizos solemos pensar en oficinistas alienados y en fabricantes de relojes de cuco, olvidando que el movimiento Dadá fue fundado en Zurich. Antes que un gorrón, Henry se me antoja un discípulo aventajado y socarrón del dadaísmo.
También se me ocurre otra solución de índole sobrenatural al extraño caso del gourmet suizo que podría servir de argumento a una de aquellas desquiciadas películas de ciencia-ficción de los años cincuenta. La Interpol asegura que un individuo que se corresponde con la descripción física de Pascal Henry fue registrado por las cámaras de seguridad de un cajero automático en Ginebra; pero, ¿podemos afirmar sin dubitación que ese individuo sea el mismo Henry que entró en El Bulli? Sabemos que los menús de Ferrán Adrià incorporan platos que han sido sometidos a procesos de liofilización, alteración molecular y no sé cuantos experimentos químicos más. ¿Y si tales alteraciones moleculares tuviesen efectos secundarios, provocando en el incauto que se las zampa extrañas mutaciones genéticas, o siquiera delirios esquizoides? ¿Se puede seguir siendo el mismo tras ingerir uno de esos «morphings» que en El Bulli sirven como postre? ¿Quién nos asegura que las esferificaciones elaboradas con cloruro de calcio no provoquen en el organismo -o siquiera en ciertos organismos delicados- un desarreglo o alteración cromosómica que nos torne gilipollas o amnésicos? Esta metamorfosis secreta podría explicar la desaparición misteriosa de Henry y su posterior aparición en Ginebra, convertido en una especie de zombi desmemoriado.
Leo en internet que, durante su batida en busca del gourmet suizo, los mossos hallaron, así como que no quiere la cosa, «un par de cadáveres» en la zona próxima al restaurante El Bulli. Y es que hay gente que tolera fatal las alteraciones moleculares.
www.juanmanueldeprada.com
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