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Actualizado Lunes, 04-08-08 a las 13:33
No es la más alta ni tampoco la más técnica, pero la historia de esta cumbre del Himalaya, la segunda más alta de la Tierra, está llena de tragedias. Este fin de semana esa «leyenda negra» se ha cobrado la vida de doce alpinistas, sorprendidos por un alud
No es fácil. Hay que caminar casi una hora a través del glaciar Godwin-Austen y trepar por una peña para encontrarlo. Pero ahí, frente a la «pirámide» de roca y hielo que forman las paredes del K2, se encuentra un pequeño santuario en memoria de todos los montañeros que un día osaron pisar la cumbre de este coloso del Himalaya y que se quedaron allí para siempre. Desde este punto solitario se divisa perfectamente toda la grandeza del K2. Para muchos, es la montaña más bella de todo el Himalaya. Sus cuatro aristas perfectas forman una estampa digna de cualquier postal. Una imagen idílica que se convierte en un infierno al poco tiempo de comenzar su ascensión.
No fue hasta 1954 cuando se consiguió llegar por primera vez a su cumbre. Fueron dos italianos —Lacedelli y Compagnoni— los que «derrotaron» a la «montaña maldita», que para entonces ya se había cobrado la vida de seis aventureros. A partir de ese momento pasó a conocerse como la «Montaña italiana» y comenzó a alimentar su leyenda como la cumbre más peligrosa del mundo. Hasta el año pasado, habían sido 66 las personas que habían muerto en su «regazo» y sólo 284 los que habían logrado completar el ascenso. Una subida que no termina hasta que se llega al campo base de nuevo, por que ha sido precisamente el destrempe por sus paredes verticales lo que ha provocado el mayor número de tragedias. La de este fin de semana fue la última de una larga lista de historias diferentes, pero al mismo tiempo tan semejantes.
El desgaste fisíco que exige su ascenso se suele pagar en un regreso que se vuelve muy peligroso. Por su situación, el K2 vive envuelto casi de forma permanente por el mal tiempo. Los vientos procedentes del sur del continente confluyen con los que soplan del norte y hacen que esta parte del Karakorum esté constantemente cubierta de nubes. Sólo de vez en cuando se abren pequeñas ventanas de buen tiempo que animan a las expediciones.
Día negro para el alpinismo
Eso fue lo que ocurrió el viernes. Por la noche el cielo estaba despejado y el español Alberto Zerain salió del campo 3 rumbo a la cumbre. Madrugó y eso le salvó. El resto de expediciones optaron por retrasar unas horas el «ataque» para hacer cumbre a plena luz del día.
Zerain fue abriendo huella. Solitario. Algunos porteadores le siguen a cierta distancia. Al amanecer llega al «cuello de botella». Faltan doscientos metros para la cima. La nieve se vuelve más profunda e inestable. La cuerda fija le ayuda en el último escollo antes de conseguir su objetivo. Tantas horas de lucha por llegar allí y tan pocos minutos para disfrutarlo. No hay tiempo. Aún queda volver. Por el camino se cruza con una expedición de 18 alpinistas de varias nacionalidades. Es mediodía y todavía les queda lo peor. Un mal augurio.
Zerain consigue llegar al campo 3 hacia las seis de la tarde. Feliz. Satisfecho. Un triunfo que quedaría empañado por la «Montaña de las montañas». El K2 había permitido la hazaña del español, pero no iba a ser tan condescendiente con el resto. Después de hollar la cima, al poco de iniciar el descenso, se desprendió un gran bloque de hielo en el «cuello de botella», que rompió la cuerda fija, dejando aislados a gran parte de la expedición. Los que se salvaron llegaron al campo base en condiciones muy precarias. El resto no tuvo tanta suerte. Dos siguen desaparecidos y nueve han muerto. La «Montaña maldita» se quedó para siempre con sus cuerpos, pero su alma descansará en el pequeño mausoleo situado a sus pies. Silencioso. Apartado.
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